Este texto fue publicado hace cinco años en
Cubarte. Como sigo apreciando al Chino, lo integro en el blog, junto con un
fragmento de la foto que cito y que me obsequió, acompañado por Cortázar y por Lezama. Y
con una dedicatoria que ratifica todo lo que digo a continuación.
En los 80 años de Chinolope
Enrique Román
El restaurante Miami tenía un salón central amplio y muy iluminado. Era un buen lugar para que los estudiantes del último año de bachillerato del Instituto de La Habana cruzásemos cada noche el Parque Central y fuéramos allí, en Prado y Neptuno, para conversar de lo que se conversaba en 1962. De la Revolución, de los americanos, de lo difíciles que eran algunas asignaturas como por ejemplo Lógica, o de aquella compañera nuestra que era bailarina de ballet, y que siempre frustraba nuestros sueños cuando se marchaba, después de clases, con su mamá, que la iba a buscar sin falta.
El
salón estaba casi siempre vacío y el surtido era escaso. Ya hacía tiempo que no había comercio con
Estados Unidos, los soviéticos solo comenzaban a proveer nuestras necesidades y
los cubanos a quienes la Revolución había beneficiado podían comprar todo lo
que se vendiera en el mercado. Los
camareros se aburrían mucho y nos miraban con deseos de que nos dominara el
sueño y nos fuéramos.
(Dice
un personaje de Hemingway que la felicidad se presenta como una situación de
aburrimiento. Cada noche hacíamos a los
camareros hombres perfectamente felices).
Pero
no éramos nosotros los únicos que les estorbábamos. Solitario, casi siempre en la misma mesa, se
sentaba un chino pequeño y delgado, enigmático como solo lo puede ser un chino,
y quizás más enigmático que la mayoría de los chinos, lo que ya es una gran
cosa, con la cabeza rapada y unos espejuelos metálicos redondos, montados al
aire. Así pasaba la noche, concentrado
en lo que estuviera comiendo y en lo que estuviera pensando, fuera lo que fuese. Ya estaba allí cuando nosotros llegábamos y
allí lo dejábamos, casi a la medianoche, sin que nadie se sentara en su mesa y,según
parecía,sin deseos de que nadie lo acompañara.
Me
demoré mucho tiempo en saber que aquel chino, al parecer con sangre japonesa
también, había sufrido el plagio retrospectivo de una parte de su nombre a
manos de un prolífico autor de los
Siglos de Oro de la literatura española, y sufriría el de sus espejuelos a
posteriori a manos de John Lennon. Supe
que Chinolope, que era su nombre, era uno de los fotógrafos más grandes de una
hornada donde era muy difícil ser más grande que los demás fotógrafos, y que
según decían tenía una sicología un tanto extraña.
Me contaron
muchas de sus leyendas. Las leyendas,
como uno llega a saber a estas alturas de la vida, pueden ser más o menos
ciertas, pero son más entretenidas y a la larga más verdaderas que las
historias contadas como realmente sucedieron.
Una de ellas, por ejemplo, decía que el Chino era muy joven y estaba en
New York, no sé bien por qué, cuando asesinaron en una barbería a Albert
Anastasia, un jefe mafioso que quería competir con otros jefes mafiosos mucho
más importantes que él. Y sigue la
leyenda diciendo que el Chino, curiosamente, andaba cerca de allí y con la
cámara pobretona que tenía entonces tomó la foto del crimen acabado de ocurrir,
que luego publicó la prensa y que, por esas cosas de la vida, no le dio crédito
como autor de la foto.
Y que
tiró otra foto histórica con una cámara Minox, la cámara en miniatura que se
usaba para tomar fotos subrepticiamente, y que publicó la revista Life a plana casi completa, de quien era
el jefe de la mafia norteamericana en Cuba, Santos Trafficante. Y que también
por esas cosas de la vida el Chino se equivocó y fue a parar una noche al
cabaret Sans Souci, cuartel general de Trafficante en La Habana. Esa noche nadie daba un centavo por la cabeza
del Chino, ni allí ni en la peor de las subastas, cuando apareció Trafficante y
le preguntó si era él quien había tirado esa foto. Al Chino todo se le achicó, menos el miedo. Pero Trafficante era un hombre de buenos
modales y le agradeció la buena imagen que había logrado en la foto, lo joven que
lo había hecho lucir, y lo invitó a cenar.
El Chino, como es lógico, accedió y puso nuevamente en cero el cuentamillas
de su vida.
Pero
el Chino vivió también experiencias de un signo totalmente distinto. En 1958 subió a la Sierra Maestra con el
controvertido periodista estadounidense Andrew Saint George. Conoció, entre otras
personas, al Che. Cerca de él estuvo haciendo fotos durante la batalla de Santa
Clara.
Y
luego se lo volvió a encontrar muchas veces, después del triunfo de la
Revolución. El Che y Haydée Santamaría le ayudaron a definir otra vez su vida y
al parecer su nombre. Hasta entonces se
llamaba Fernando López; desde entonces
se llamó Chinolope. Y el Che le dijo al
renombrado fotógrafo que quería que hiciera fotos de la zafra y de los
trabajadores de un ingenio, y le añadió algo así como que si quería hacer
buenas fotos de los trabajadores, tenía que trabajar con ellos para conocerlos
bien. Que se lo decía él, el Che, que
era fotógrafo también, como él. Y así
fue a dar el Chino a varios centrales azucareros, a trabajar y a hacer
fotos. Pero sobre esto volveré a hablar
al final.
De
haber sabido en 1962 que Chinolope era también cercano a los poetas del grupo Orígenes, como lo supe después, hubiera
comprendido que cuando pasaba sus noches en el restaurante Miami, que pronto fue
nombrado Caracas, pues Miami ya era lo que sabemos y era el momento de las
guerrillas en Venezuela, muy
probablemente venía de haber visitado a su también amigo, José Lezama Lima, que
vivía muy cerca, en la calle Trocadero.
Porque
lo que singulariza al Chino entre los grandes fotógrafos que coincidieron con
él en el tiempo --Osvaldo Salas, Alberto
Korda, Raúl Corrales, Roberto Salas, Liborio Noval, Ernesto Fernández, entre
otros-- fue esa cercanía a quienes
habían integrado no tantos años atrás ese movimiento cultural, y que en aquel
entonces no sólo mantenían su poética, sino que ansiaban ver realizada su visión
de Cuba en el propio proceso de la Revolución.
Aunque
no fueran entonces del todo comprendidos, como no lo era el Chino, y costaba
trabajo entenderlo porque Chinolope desafiaba el sentido común y el
racionalismo con el que los seres humanos parecen sentirse inmejorablemente
cómodos.
De
ahí que valdría la pena volver a exhibir el cortometraje Una temporada en el ingenio, un documental que el mismo Chinolope
dirigió en 1968, que recorre con la cámara cinematográfica las fotos que, a instancias del Che y con un fragmento de la
voz de Fidel de fondo, hizo durante su estancia en centrales de Guantánamo y de Matanzas, a
donde fue a conocer a los trabajadores y a fotografiarlos.
Son
las fotos que aparecen en un libro del mismo título con textos de Lezama, cuya
última edición, en una tirada muy reducida, corresponde al editor argentino Domingo
Arcomano.
La
unión del Chino y Lezama en esta obra conjunta es como la de algunos minerales,
que por sí mismos tienen mucho valor y una tranquila estabilidad, pero que al
unirse en un tubo de ensayo reaccionan y de ellos sale un nuevo mineral y un
humo de colores raros, en una suerte de bigbang genitor y poético. No hay duda de que se trata de una obra
extraña y hermosa, donde la fotografía atraviesa al texto;
en que la cámara de cine se mueve a través de las imágenes en blanco y negro,en
un contraste casi absoluto, casi a línea, como se toman con el objetivo de la
cámara muy abierto y una película de alta sensibilidad. De claroscuros que recuerdan los misterios de
Rembrandt y que parecen imágenes abstractas cuando encuadra un alijo de cañas, hasta
que de ellas emergen los rostros de trabajadores sorprendidos o ajenos o
extrañados ante la acción del artista. Según
Lezama “las transformaciones asumidas
por el genio de las profundidades, aparecen paradójicamente en el ingenio
finado sobre la superficie y el cantábile
de la llegada de la luz”.
Un
día supe que Chinolope y yo éramos hermanos.
Me explico. Mi madre era la
bibliotecaria más antigua de la Biblioteca Nacional y disfrutaba auxiliando a
Cintio Vitier, a Fina García Marruz y a Eliseo Diego, que entonces eran
investigadores en la Biblioteca. El
Chino iba a verlos y allí la conoció y
le tomó tal cariño que empezó a llamarla “madre”.
Tengo
varios de sus libros de fotografías, precedidos de dedicatorias que dicen cosas
como éstas: “Vemos por espejos la fotografía, y por asociación las palabras”. O
“Por encima de los incrédulos está la realidad irrefutable de otra dimensión,
que son los muertos que nos acompañan.
Vivimos en el no tiempo en el tiempo en el siglo XXI”.
Hoy mi
hermano Chinolope --su nombre completo
es Guillermo Fernando López Junqué-- es un hombre humilde, que vive humildemente, rodeado de sus
propias fotos y sus libros, y que acaba
de cumplir 80 años. Al que se le han
conferido casi todas las distinciones y reconocimientos posibles, todos
merecidos, y que quisiera ver más expuesta su obra, porque han nacido varias
generaciones de cubanos que la conocen muy poco, a pesar de que es uno de los
fotógrafos mayores de esta expresión plástica en Cuba.
80
años, y sin embargo su mirada es la misma, y su actitud también, que aquella
que dirigía al lente, en la foto clásica de 1963, que él mismo tomó utilizando
el temporizador de la cámara, donde acompaña a Lezama y a su otro gran amigo
Julio Cortázar en el restaurante El Patio, en la Plaza de la Catedral; la misma
mirada con que interrogaba al vacío, con que escudriñaba esa otra dimensión, en
su soledad nocturna del antiguo restaurante Miami.


Bellísimo relato, Don Enrique.
ResponderEliminarGracias por su memoria y por su buen escribir.
Gran abrazo desde. Cambridge, Massachusetts.
Octavio Zaya. Julio 12, 2020
!Ojala se vuelvan a editar los libros, para que esta nota sirva de prólogo!
ResponderEliminarQue descanse en paz el maestro fotógrafo. Gracias por no dejarlo ir
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