Ya no son tantos los cubanos que esperaban el 6 de enero las sorpresas que Melchor, Gaspar y Baltasar les habían dejado junto a su árbol navideño. Ahora, en los últimos tiempos tendrían incluso que aceptar la competencia del exótico Santa Claus. No tiene mucha lógica, porque a pesar de que sus atavíos no son en ningún caso apropiados para un trópico donde ni siquiera hace frío en el fin y el inicio del año
Pero siento sacudir las ilusiones de algunos. O mejor, el recuerdo de sus ilusiones. No está claro que fueran tres – Mateo es el único evangelista que los menciona, sin especificar número ni nombre – ni que se llamaran así. En otras versiones eran muchos más. Lo que complicaría los nacimientos que algunos ponen al pie del arbolito.
Lo comenté con un amigo cercano y me hizo una observación interesante: si los Magos eran reyes y tan buena gente como se dice, por qué no le dejaron alguna ayudita al pobre José, que tenía a su esposa dando a luz en un pesebre?
Dejemos a Umberto Eco con una interesante referencia al respecto. Ah, y voto por los Reyes Magos y no por el viejo vestido de rojo. Siempre será más fácil venir en camello a La Habana que meter un trineo por sus calles. Cuenta Umberto Eco:
¿DE DÓNDE VENÍAN (Y ADÓNDE FUERON A PARAR) LOS REYES MAGOS? No hay leyenda que nos resulte más familiar que la de los Reyes Magos. Ha inspirado innumerables obras maestras del arte y al mismo tiempo infinitos sueños infantiles, de modo que nadie se pregunta ya si los Magos realmente existieron, esta cuestión se deja para los historiadores, para los biblistas o para los mitógrafos. En cualquier caso, su fugaz aparición en la historia se sitúa entre dos lugares legendarios, el de su origen y el de su sepultura.
En cuanto a documentos históricos, el Evangelio según Mateo es la única fuente cristiana canónica que describe el episodio de los Magos. Y Mateo no solo no nos dice que los Magos fuesen tres, sino que tampoco nos dice que fueran reyes, y tan solo alude a un viaje desde Oriente siguiendo una estrella, a la ofrenda de oro, incienso y mirra, y al hecho de que los Magos se negaron a decirle a Herodes dónde estaba el Niño. De Mateo a lo sumo puede deducirse que los Magos eran tres porque ofrecieron al Niño tres dones.
Será la tradición posterior la que vea a los Magos como reyes y trate de fijar su origen en algún país oriental concreto; también los evangelios apócrifos hablan de Magos. Aparece asimismo una referencia a los tres reyes en fuentes árabes (por ejemplo, el enciclopedista al-Tabari, en el siglo IX, hablaba de los dones ofrecidos por los Magos, citando como fuente al escritor del siglo VII Wahb ibn Munabbih).
Por otra parte, quienquiera que fuera el autor del Evangelio de Mateo, el texto fue escrito hacia finales del siglo I y, por tanto, en tiempos del nacimiento de Jesús, Mateo o quien sea no había nacido aún y por consiguiente no podía hablar por experiencia directa. De modo que, antes del texto evangélico, las noticias sobre los Magos circulaban en cierto modo también en el mundo precristiano. Juan de Hildesheim (un tardío biógrafo de los Reyes del siglo XIV) establecía como origen de su viaje las investigaciones astronómicas hechas en el monte Vaus, llamado también monte de la Victoria, que se puede identificar con el Sabalán, la cima más alta de Azerbaiyán, en el antiguo Imperio armenio. Según la tradición, subieron a la montaña sagrada sacerdotes y astrólogos zoroástricos, que esperaban la aparición de una estrella que las profecías vinculaban a la venida de una divinidad sobre la Tierra. En efecto, «magos» procede de la palabra griega magos-magoi, que se refería probablemente a sacerdotes del zoroastrismo persa, como aparece por ejemplo en Heródoto, y como nos permite pensar la alusión evangélica a la observación de las estrellas; pero también podía significar «hombres sabios», aunque en otros textos del Nuevo Testamento, como los Hechos de los Apóstoles, el término indica asimismo un brujo (véase Simón el Mago).
Los Magos quizá procedían de Persia, aunque también podían venir de Caldea; Juan de Hildesheim sitúa su origen en las Indias, si bien entre las Indias incluye Nubia, de modo que el área de su origen se amplía de forma desconcertante, porque además Juan relaciona la historia de su viaje con el reino del Preste Juan,[2] lo que nos lleva a alguna zona de Extremo Oriente, como pretendía la tradición en los tiempos en que escribía el hagiógrafo. Lo que ha permanecido casi constante en la tradición es que probablemente eran un blanco, un árabe y un negro, para sugerir la universalidad de la redención.
En cuanto al número, la tradición ha dado rienda suelta a la imaginación; a veces se ha hablado de dos, otras de doce, esto es, Hormidz, Jazdegard, Peroz, Hor, Basander, Karundas, Melco, Caspare, Fadizzarda, Bithisarea, Melichior y Gataspha. En la tradición occidental se impuso finalmente la idea de que eran tres: Gaspar, Melchor y Baltasar; pero para la Iglesia católica etíope eran Hor, Basanater y Kardusan; en Siria para los cristianos eran Larvand, Hormisdas y Gushnasaph; en la Concordia evangelistarum de Zacarías Crisopolitano (1150) se habían convertido en Appelius, Amerus y Damascus, o en forma hebrea Magalath, Serakin y Galgalath.
La realeza de los Magos (véase más adelante en este libro la estrecha fusión de realeza y sacerdocio a propósito de Melquisedec) se afirmó en la tradición litúrgica cuando se vinculó la fiesta de la Epifanía a la profecía del Salmo 72: «Los monarcas de Tarsis y las islas le pagarán tributo, y los reyes de Sabá y de Seba le traerán presentes. Ante él se postrarán todos los reyes, serviranle las naciones».
Más interesante es tal vez la historia de su sepultura. Marco Polo dice en sus escritos que ha visitado las tumbas de los Magos en la ciudad de Saba. Pero tenemos testimonios históricos un siglo antes de Marco Polo. Cuando en 1162 Federico Barbarroja conquistó y mandó destruir Milán, en la basílica de San Eustorgio encontró un sarcófago (todavía existe, aunque vacío) que habría contenido los restos mortales de los tres reyes. Según la tradición, en el siglo IV, el obispo Eustorgio, que deseaba ser enterrado en su día junto a los Magos, mandó trasladar sus restos desde la basílica de Santa Sofía en Constantinopla (adonde habían sido llevados por santa Elena, que los había encontrado durante su peregrinación a Tierra Santa). Y antes incluso se decía que habían estado sepultados en Persia, donde precisamente afirmaba Marco Polo que los había encontrado.
Una vez hallados los Magos en Milán, el ministro de Federico, Reinaldo de Dassel, conocedor del valor económico de una reliquia que convertía una ciudad en meta de incesante peregrinaje, mandó trasladar los restos a la catedral de Colonia, donde todavía hoy se puede ver el arca de los Magos. Los milaneses se lamentaron largamente de aquel robo (véanse las recriminaciones de Bonvesin de la Riva) y trataron de recuperar, sin éxito, los preciosos restos; por fin, en 1904, el arzobispo de Milán mandó depositar de nuevo con solemnidad en San Eustorgio algunos fragmentos óseos de aquellos venerados despojos (dos fíbulas, una tibia y una vértebra), ofrecidos por el arzobispo de Colonia. Son muchos los lugares que se jactan de haber obtenido fragmentos de las reliquias durante el traslado de Italia a Alemania, de modo que las tumbas de los Magos (un hueso o un cartílago cada una) se multiplicaron. Peregrinos en vida, los tres reyes se convirtieron en vagabundos post mortem, generando sus múltiples cenotafios.

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