Anda rodando,
vía paquete – o pkt, como escribimos algunos -, la película Curtiz, sobre el director húngaro de
ascendencia judía Michael Curtiz. Es la historia del rodaje de Casablanca, una película mítica por el guion,
que es (y fue) de premio, las actuaciones de Ingrid Bergman y Humphrey Bogart y
en general la dirección de su complicado director. Durante el filme, Curtiz
resiste la presión del funcionario de la Oficina de Información para que cargue
la mano en la condena al nazismo. Curtiz decide finalmente hacer lo que le da
la gana, y el resultado es que Casablanca
se estima que fue la película que más influyó en que el público respaldara el
compromiso bélico de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Tres Óscares,
a la película, al director, y por supuesto al guion. Pero para mi gran
sorpresa, el guion se fue escribiendo sobre la marcha.
A Umberto Eco
no le gustó Casablanca.
Es un poco
largo para un blog, pero vale la pena.
CASABLANCA, O
EL RENACIMIENTO DE LOS DIOSES
Umberto Eco
Dos semanas
atrás, toda la gente de cuarenta años estaba sentada ante el televisor para
volver a ver Casablanca. Pero no se trata de un fenómeno normal de nostalgia.
En realidad, cuando Casablanca se proyecta en las universidades
norteamericanas, los jóvenes veinteañeros subrayan cada escena y cada réplica
célebres («Arrestad a los sospechosos de costumbre», o bien «¿Son los cañones o
los latidos de mi corazón?», o cada vez que Bogey dice «Kid») con ovaciones que
habitualmente se reservan a los partidos de béisbol. Y pude observar esta misma
actitud en una filmoteca italiana frecuentada por jóvenes. ¿Cuál es entonces la
fascinación de Casablanca?
Pregunta
legítima, ya que Casablanca, estéticamente (o desde el punto de vista de una
crítica exigente), es una película muy modesta. Fotonovela, folletín, donde la
verosimilitud psicológica es muy débil y los efectos dramáticos se encadenan
sin demasiada lógica. Y sabemos incluso por qué: la película fue pensada a
medida que se rodaba, y hasta el último momento ni el director ni los
guionistas sabían si Ilse se marcharía con Victor o con Rick. De modo que lo
que parecen sagaces hallazgos de dirección y arrancan aplausos por su
inesperada osadía, son en realidad decisiones tomadas por desesperación. ¿Cómo
es posible entonces que de esa cadena de improvisaciones surgiera un film que
aún hoy, visto por segunda, tercera o cuarta vez, arranca aplausos admirativos,
reclama un bis o despierta el entusiasmo ante sus inéditos hallazgos?
Ciertamente, hay en Casablanca un reparto de formidables actores. Pero esto no
es suficiente.
Están él y
ella, amargo él y tierna ella, románticos, pero se han visto otros mejores.
Casablanca no es La diligencia, otra película de retorno cíclico. La diligencia
es, en cualquier aspecto, una obra maestra, todo está donde tiene que estar,
los personajes están justificados en todas sus acciones y la primera parte de
su argumento (esto también cuenta) se basa en una obra de Maupassant. ¿Y
entonces? Entonces se está tentado de leer Casablanca del mismo modo que Eliot
releyó Hamlet. Eliot atribuía la fascinación de este drama, no al hecho de que
fuera una obra lograda, ya que la considera- [217] ba una de las piezas menos
felices de Shakespeare, sino justamente a lo contrario: Hamlet sería
consecuencia de una fusión no lograda entre distintos Hamlets precedentes, uno
que tenía como tema la venganza (con la locura como mera estratagema) y otro
cuyo tema era la crisis provocada por la culpa de la madre, con la consiguiente
desproporción entre la tensión de Hamlet y la imprecisión e inconsistencia del
delito materno. De modo que crítica y público encuentran hermosa la obra porque
es interesante, y la consideran interesante porque es hermosa.
Con
Casablanca, aunque en menor grado, ha ocurrido lo mismo: obligados a inventar
sobre la marcha, sus autores han metido de todo un poco en la trama argumental,
y para ello eligieron material del repertorio de lo tradicionalmente aceptado.
Cuando la elección de lo ya aceptado es limitada, se obtiene un film amanerado,
de serie, o incluso kitsch. Pero cuando de lo aceptado se utiliza
verdaderamente todo, lo que se logra es una arquitectura como la Sagrada
Familia de Gaudí. Se logra el vértigo, se roza la genialidad.
Olvidemos
ahora cómo fue realizada la película y veamos qué es lo que nos muestra. Se
inicia en un lugar de por sí mágico, Marruecos, el exotismo comienza con un
compás de melodía árabe que se esfuma en las notas de La Marsellesa. En cuanto
se entra en el local de Rick, escuchamos música de Gershwin. África, Francia,
Estados Unidos. En este momento entra en juego una intriga de Arquetipos
Eternos. Situaciones que han presidido las historias de todos los tiempos.
Aunque habitualmente para hacer una buena historia basta con una sola situación
arquetípica. Y sobra. Por ejemplo, el Amor Desgraciado. O la Fuga. Casablanca
no se contenta con eso: las mete todas. La ciudad es el lugar de un Paso, el
paso hacia la Tierra Prometida (o hacia el Noroeste, si lo prefieren). Para
pasar, sin embargo, hay que someterse a una prueba, la Espera («Esperan,
esperan, esperan...», dice una voz en off al comienzo). Para pasar de la sala
de espera a la tierra prometida hace falta una Llave Mágica: el visado. En
torno a la Conquista de esta llave se desencadenan las pasiones. El medio para
llegar a la llave parece ser el Dinero (que aparece repetidamente, casi siempre
bajo la forma de Juego Mortal, o ruleta): pero al final se descubrirá que la
llave sólo puede conseguirse a través de un Don (que es el don del visado, pero
también es el don que Rick hace de su Deseo, sacrificándose). Porque también
ésta es la historia de una vertiginosa danza de deseos de los cuales sólo dos
acaban satisfechos: el de Victor Laszlo, el héroe pu- [218] rísimo, y el del
joven matrimonio búlgaro. Todos aquellos que tienen pasiones impuras fracasan.
Y por tanto,
otro arquetipo, el triunfo de la Pureza. Los impuros no alcanzarán la tierra
prometida, desaparecen antes, aunque alcancen la Pureza a través del
Sacrificio: he aquí la Redención. Se redime Rick y se redime el capitán de la
policía francesa. Aquí se advierte que en el fondo son dos las Tierras
Prometidas: una es América, aunque para muchos es un falso objetivo; otra es la
Resistencia, o sea la Guerra Santa. Victor viene de ella, Rick y el capitán de
policía van hacia ella, se unen a De Gaulle. Y, si el símbolo recurrente del
avión parece subrayar de cuando en cuando la fuga hacia América, la cruz de
Lorena, que sólo aparece una vez, anuncia por anticipado el otro gesto
simbólico del capitán que, al final, mientras está despegando el avión, tira la
botella de agua de Vichy. Por otra parte, el mito del Sacrificio impregna toda
la película: el sacrifico de Ilse que abandona en París al hombre que ama para
regresar junto al héroe herido; el sacrificio de la joven esposa búlgara
dispuesta a entregarse para salvar al marido; el sacrificio de Victor, que
estaría dispuesto a ver a Ilse con Rick con tal de saberla a salvo.
En esta orgía
de arquetipos sacrificiales (acompañados por el tema de la relación Amo-Siervo,
a través de la relación entre Bogey y el negro Dooley Wilson) se inserta el
tema del Amor Desgraciado. Desgraciado para Rick, que ama a Ilse y no puede
tenerla, desgraciado para Ilse, que ama a Rick pero no puede irse con él,
desgraciado, en fin, para Victor, que comprende que no ha conservado
verdaderamente a Ilse. El juego de amores desgraciados produce diversos
entrecruzamientos hábiles: al principio, el desgraciado es Rick, que no
comprende el rechazo de Ilse, después lo es Victor, que no comprende por qué Ilse
se siente atraída por Rick y, finalmente, será Ilse la desgraciada, que no
comprende por qué Rick la obliga a partir con su marido. Estos tres amores
desgraciados (o Imposibles) se estructuran triangularmente. Pero en el
Triángulo Arquetípico hay un Marido Traicionado y un Amante Victorioso. Aquí,
en cambio, ambos hombres son traicionados y perdedores: aunque en la derrota —y
por encima de ella— juega un elemento adicional, tan sutil que escapa al nivel
consciente: muy en el fondo se instala (sublimadísima) una sospecha de Amor
Viril o Socrático. Porque Rick admira a Victor y Victor se siente ambiguamente
atraído por Rick, y parece casi en cierto modo que se estableciera un doble
juego, en el cual el sacrificio de cada uno fuera para complacer al otro. En
cualquier caso, como en las Confesiones de Rousseau, la mujer se sitúa como Intermediaria entre los dos hombres. La mujer no es portadora de valores
positivos, sólo los hombres lo son.
Sobre el fondo
de estas ambigüedades en cadena, se encuentran los caracteres de comedia: o
todo bueno o todo malo. Víctor juega un doble papel, agente ambiguo en la
relación erótica, agente claro en la relación política: él es la Bella contra
la Bestia Nazi. El tema Civilización contra Barbarie se entremezcla con los
demás, a la melancolía del retorno de la Odisea se une la osadía bélica de una
Ilíada en campo abierto.
Alrededor de
esta danza de mitos eternos aparecen los mitos históricos, es decir, los mitos
del cine debidamente revisados. Bogart encarna por lo menos tres de ellos: el
Aventurero Ambiguo, amasado de cinismo y generosidad; el Asceta por Desengaño
Amoroso y, al mismo tiempo, el Alcohólico Redimido (y para redimirlo hay que
alcoholizarlo, de golpe, cuando era ya un Asceta Desilusionado). Ingrid Bergman
es la Mujer Enigmática o Fatal. Después tenemos Escucha Cariño Nuestra Canción,
el Último Día en París, América, África, Lisboa como Puerto Franco, el Puesto
de Frontera o El Último Fuerte en los Límites del Desierto, la Legión
Extranjera (cada personaje tiene una nacionalidad y una historia diferente) y
por último el Gran Hotel Gente Que Va Gente Que Viene. El local de Rick es un
lugar mágico donde puede ocurrir —y ocurre— de todo: amor, muerte,
persecuciones, espionaje, juegos de azar, seducciones, música, patriotismo (el
origen teatral del argumento ha producido, junto a la pobreza de medios, la
admirable condensación de acontecimientos en un solo lugar). Este lugar es Hong
Kong, Macao Infierno del Juego, prefiguración de Lisboa Paraíso del Espionaje,
Barco en el Mississippi.
Pero
justamente porque están todos los arquetipos, justamente porque Casablanca es
la cita de otras mil películas y porque cada actor repite en ella un papel
interpretado otras veces, opera en el espectador la resonancia de la intertextualidad.
Casablanca lleva consigo, como en una estela de perfume, otras situaciones que
el espectador refiere a este film sin recordar otras películas aparecidas
después, como Tener y no tener, en la que Bogart encarna un héroe a lo
Hemingway, pero Bogart ya atrae sobre sí las connotaciones hemingwayanas por el
simple hecho de que —según se dice en la película— Rick ha luchado en España
(y, como Malraux, ha colaborado con la revolución china). Las reminiscencias de
Fritz Lang afloran tras Peter Lorre; Conrad Veidt embebe su personaje de
oficial alemán con sutiles efluvios de El gabinete del doctor Caligari, no es
[220] un nazi despiadado y tecnológico, sino un César nocturno y diabólico. Así
que Casablanca no es una película, sino muchas, una antología. La película,
realizada casi por casualidad, probablemente se hizo sola, si no en contra, por
lo menos más allá de la voluntad de sus autores y de sus actores. Y por esto
funciona, a despecho de teorías estéticas y cinematográficas. Porque en ella se
despliegan con una fuerza casi telúrica los Poderes de la Narratividad en
estado salvaje, sin que haya intervenido el Arte para disciplinarlos. Y
entonces podemos aceptar que los personajes cambien de humor, de moral, de
psicología de un momento a otro, que los conspiradores tosan para interrumpir
su discurso cuando se acerca un espía, que alegres mujercitas prorrumpan en
llanto al escuchar La Marsellesa, Cuando todos los arquetipos irrumpen sin
pudor alguno, se alcanzan profundidades homéricas. Dos clichés producen risa.
Cien, conmueven. Porque se percibe vagamente que los clichés hablan entre sí y
celebran una fiesta de reencuentro. Del mismo modo que el colmo del dolor
alcanza la voluptuosidad y el colmo de la perversión roza la fuerza mística, el
colmo de la banalidad deja entrever un edificio de lo sublime.
Algo ha hablado
en lugar del director. El fenómeno es digno, si no de otra cosa, de veneración.
1975 [221]



No hay comentarios:
Publicar un comentario