Era febrero de 1985 y se me encomendó organizar un grupo de prensa que asistiría a la toma de posesión de Julio Sanguinetti como presidente de Uruguay, el primero de marzo, tras la cual la democracia habría regresado al pequeño país luego de que, durante años, una dictadura militar, medio hermana de la argentina, secuestró y masacró. Iba a escribir que lo hacía impunemente, pero en realidad tuvo siempre una fuerte oposición, incluso armada, cuya organización más conocida fueron los llamados Tupamaros. Al efecto, vale recordar el filme Estado de Sitio, de Costa Gavras, sobre el secuestro del asesor de torturadores, estadounidense, Dan Mitrione.
Perdimos amigos en aquellos años, como Luis Martirena y su esposa Ivette Giménez, en 1972. Martirena había sido el primer director, si no me equivoco, de la corresponsalía que estableció Prensa Latina en La Habana. Lo conocí bien y lo recuerdo como un hombre noble y sencillo, de sólidas convicciones políticas. Ambos fueron ametrallados salvajemente, acusados de tener vínculos con los Tupamaros.
En La Habana vivieron uruguayos cuya línea divisoria entre la nacionalidad de sus países y la cubana era muy tenue. Mario Benedetti era uno de ellos, gran poeta, bueno y amable.
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| Julio María Sanguinetti recorre Montevideo celebrando el regreso a la democracia |
Junto a los periodistas seleccionados, que no fueron pocos, se armó también una delegación artística, con Silvio y Pablo como figuras principales (creo que también fue Carlitos Varela). Las canciones de ambos estaban prohibidas en Uruguay desde hacía muchos años.
En un Il62 de Cubana de Aviación tomamos rumbo primero a Nicaragua. Daniel Ortega, presidente de Nicaragua, encabezaría su delegación. La nuestra estaba integrada por Flavio Bravo, entonces presidente del Parlamento cubano, Ricardo Alarcón y Jorge Lezcano. Nos acompañaba el gordo Santiago, delegado por Manuel Piñeiro para garantizar la logística del viaje (¡llevaba el dinero en un cartucho!) y yo, tracatrán a cargo del rebaño periodístico y, en parte, del artístico.
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| Daniel y Flavio Bravo durante el vuelo. Debajo el concierto andando en la noche. Desde la tarde (derecha) los jóvenes empezaban a ocupar posiciones. |
Llegamos al aeropuerto de Managua. Yo he volado mucho, he visitado decenas de países, he tenido experiencias difíciles a bordo de los aviones. Pero nunca había visto que se ponchara una goma de un aeroplano. Pues sí, el Il62 se ponchó en el aterrizaje, y allí no había ¡un gato! para cambiar la goma. (Seguramente esto se puede expresar en términos más técnicos, pero nos lo explicaron de ese modo).
No sé cómo solucionaron el contratiempo, al cabo de un par de horas. Levantamos vuelo finalmente, con Daniel como huésped ilustre de nuestro avión. Después de una escala en Lima – solo en el aeropuerto – retomamos el recorrido hasta Montevideo.
La multitud y los honores protocolares esperaban lejos en la pista. Pero no eran para nosotros.
Cuba, como resultado del ominoso y conocido episodio de la OEA, no tenía relaciones con Uruguay. Los honores eran para Daniel, presidente de un país que sí tenía relaciones con la nación que visitábamos. Esperamos.
Bueno, no todos. El Loquillo, Tony Gómez, el camarógrafo que estuvo en más escenarios de guerra de la televisión cubana, se lanzó a la pista sin esperar la escalerilla de la puerta trasera, con tanta suerte que tanto él como su cámara sobrevivieron a la caída. Así filmó el descenso de Daniel por la escalerilla principal.
Y luego, pero ya sin receptores esperándonos, los cubanos. Pronto aparecieron, pero no eran los funcionaros de protocolo. En Uruguay todavía, a pesar de apariencias provisionales, estaban al mando los militares. Y ellos comenzaron a montarnos en microbuses sin destino definido.
Llegan los salvadores
Cuando estábamos al borde de una crisis segura, se oyeron los gritos de dos civiles que corrían hacia nosotros por la pista. Juan Raúl Ferreira, creo que entonces diputado e hijo del conocidísimo senador Wilson Ferreira Aldunate, amigos ambos de la Revolución cubana, y Jorge Timossi, que no necesitaba presentación.
Ellos discutieron con los militares y los forzaron a dejarnos en libertad.
Atravesamos el ya solitario edificio del aeropuerto y nos encaminamos a un pequeño pero funcional hotelito, algo lejos del centro de la ciudad, que ocupamos en su casi totalidad.
(Como cosa curiosa, en el hotel se hospedaba José Luis Perales, en un buen momento de su carrera musical).
Nuestro objetivo era asistir a la toma de posesión, programada para dos días después. Pero en el primer acercamiento a la organización de nuestra cobertura, nos cayó – me cayó - el primer cubo de agua fría: el Palacio donde se produciría la ceremonia era extremadamente pequeño, y solo accedería un mínimo de prensa, en el cual, como era de esperarse, no estábamos comprendidos nosotros.
Estamos acostumbrados a correr en pista fangosa. El Loquillo y yo partimos hacia una pequeña emisora de televisión. Allí nos presentamos sin protocolo y pedimos ayuda. Había un problema al parecer insuperable: la norma de televisión en colores de Uruguay era una de las variantes del sistema PAL, diferente a nuestro NTSC. Pero la suerte estaba con nosotros: tenían una línea NTSC no recuerdo por qué razón.
Uruguay y los uruguayos, al menos los que conocimos, son por naturaleza sencillos y amables. Aquella persona que nos atendió, cuya responsabilidad nunca nos fue revelada, solo nos dijo: úsenla.
Primer problema resuelto. El segundo igual, pero no tan igual. Santiago Álvarez y su eminente cuadrilla tampoco tendrían acceso al Palacio. Era la primera vez que trabajaba con Santiago, con el gran Santiago Álvarez. Me asombré de que él actuaba como si no se hubiera dado cuenta de que era el enorme documentalista que era. Y así actuaban también sus acompañantes, entre quienes estaba, por supuesto, otro grande: Iván Nápoles.
Con una sencillez que me dejó entre sorprendido y conmovido, me dijo: olvídate de eso. Y se acomodaron como pudieron en una de sus habitaciones, fijaron trípode y cámara frente al televisor, y de ese modo, sentados en la cama, en el piso, filmando la pantalla, registraron la toma de posesión.
Mi memoria no logra poner en orden los acontecimientos. Sé, por ejemplo, que visitamos algunas personalidades políticas, como Líber Seregni.
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| Pablo, Willy Serrano, Silvio y yo, en una habitación del hotel |
Y aprendí que los uruguayos, y creo que los argentinos, y quizás los paraguayos y algunos brasileños, tienen la atractiva costumbre de celebrar sus mejores momentos de una forma singular: matan una res y se la comen. A eso se le llama un asado. Y todas las fuerzas políticas, de derecha y de izquierda, hicieron sus asados y todas invitaron a los cubanos a sus asados y a todos fui yo. Y mi hemoglobina ascendió sideralmente.
Pero en los asados de las formaciones de izquierda el alimento era secundario. Lo emotivo y trascendente era el recibimiento a los compañeros presos recién liberados. Fueron escenas inolvidables y anécdotas para recordar. Uno de ellos me contó que en la cárcel, desprovistos de todo contacto con el mundo, un prisionero, con ciertas capacidades técnicas, armó clandestinamente un radio. Y ese radio captaba Radio Habana Cuba, que fue la voz del exterior que les dio información y les infundió esperanzas.
En la plaza del Palacio Municipal
Pero seguramente el momento más estremecedor ocurrió de tarde, noche y madrugada, en el concierto que dieron músicos de todo el continente, en la plaza frente a la escalinata del Palacio Municipal de la ciudad, donde se encuentra la Intendencia de Montevideo.
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| Dos cámaras de lujo. Iván Nápoles y Antonio Gómez en la plaza de la Intendencia de Montevideo |
Fuimos de inspección en la mañana y ya había jóvenes ocupando puestos en una plaza de medianas proporciones. Al llegar la noche, la multitud era impenetrable. Alguien habló de 80 mil personas, congregadas, muy apretadas, frente a la plataforma que se erigió sobre la escalinata del edificio. Y comenzó el recital.
Allí cantó toda la canción revolucionaria del continente. Mi memoria falla por exceso o por defecto. Pero a riesgo de omisiones o inexactitudes, me dice que estuvo Quilapayún. Estuvo Inti Illimani. Los Parra. Los Mejía Godoy, Carlos y Luis Enrique. Y muchos otros que no logro recordar.
Silvio y Pablo cantaron a las 4 de la mañana, y de allí no se había movido nadie. Su aparición emocionó a todos, músicos, público y a nosotros, los cubanos acompañantes, que nos habíamos subido a la plataforma, incluyendo los pilotos y las aeromozas del Il 62.
Como ya dije, las canciones de Silvio y de Pablo estuvieron prohibidas durante todos los largos años de dictadura. Pero, para nuestra inolvidable sorpresa, sus interpretaciones esa noche se convirtieron en un gran ejercicio coral: todos, absolutamente todos, se sabían todas, absolutamente todas las letras de sus canciones. A pesar de la prohibición.
Hasta que pasó lo que yo sabía que iba a pasar. Pablo anunció que cantaría Hombre preso que mira a su hijo, una canción larga, de ocho minutos, con el texto de un estremecedor poema de Mario Benedetti.
Yo conocía perfectamente la canción, aunque no era de las más oídas. Invité a Pablo años atrás a cantar en la revista Moncada. Y solo cantó esa canción. Fue suficiente.
Para ella no hubo coro porque no les era familiar. El silencio fue denso y yo, que conocía el texto, además de emocionarme como la otra y única vez que la había oído, sabía qué sucedería.
Y fue que la multitud se fue reconociendo en ella, a ellos, a sus padres, a sus amigos, a sus muertos, en aquella desgarradora letra, que les recordaba el abismo criminal del que acababan de salir.
No digo más ni recuerdo otra cosa de aquella noche. Y les adjunto la grabación que encontré en YouTube. Allí dice que es la original. Puede ser. Se escuchan aplausos eventuales, nerviosos, tan emocionados como sorprendidos. Y rompen unánimes al final cuando Pablo canta: Aquí lloramos todos,/Gritamos, chillamos, moqueamos, berreamos,/Maldecimos, porque es mejor llorar que traicionar,/Porque es mejor llorar que traicionarse,/Llorar, pero no olvidés.




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