En estos días, casi sesenta años después
de la primera vez, pude ver el filme Hamlet
del director, entonces soviético, Grigori Kózintsev. Esta versión fílmica de la
obra de Shakespeare compite solamente con la protagonizada por Lawrence Olivier,
y las dos me parecen mejores que la más reciente de Franco Zefirelli. Los interesados discuten cuál es superior. La soviética y la inglesa son excepcionales.
La de Kózintsev es una versión, dentro de su esquema académico, espléndida. La
traducción de la obra, del inglés al ruso, es de Boris Pasternak y la música, especialmente
compuesta para el filme, de Dimitri Shostakovski. La fotografía, que no sé por qué no es valorada
por la crítica, del lituano Jonas Gritsius. Pero lo para mí inolvidable fue la
actuación protagónica de Innokenti Smoktunovski.
El filme recibió numerosos
premios, incluyendo el León de Venecia el Premio Especial del Jurado, y su
protagonista fue condecorado con el Premio Lenin, que sumó a un gran número de otras condecoraciones que había
recibido durante su carrera.
Pero el cuento no es ese.
Sucede que a poco tiempo de empezar a
trabajar en el ICRT, supe por la prensa que Smoktunovski estaba en La Habana.
Era 1990 y ya la URSS vivía sus convulsiones finales. Pedí a los compañeros de cinematografía de la
televisión que fueran a entrevistarlo. El actor no había estado nunca en Cuba
y, aunque había participado en un sinnúmero de otras películas (tengo un dato
que habla de 85 películas a lo largo de casi cuarenta años), no había vuelto a oír
hablar de él. Pero nunca había olvidado su interpretación, ni su nombre, en una
curiosa aventura de mi memoria.
Cuando los compañeros llegaron a la
habitación del hotel Habana Libre donde se alojaba para entrevistarlo, aquel hombre
de casi dos metros de altura y mucho más de sesenta años, pero muy envejecido, se echó a
llorar. Era un hombre olvidado, preterido, en su país, aunque aún hacía
películas. Sus méritos y condecoraciones ya significaban poco. Con su llanto
agradecía, sorprendido, que en Cuba se le recordara y se le reconocieran sus
méritos.
(Así sucedió con otros, como el
conocidísimo Víctor Afanásiev, filósofo y director de Pravda.)
Esa noche se transmitió la entrevista. Y luego se puso la película, que dura por
cierto dos horas y media. Solamente. Pasternak omitió muchas escenas. Hamlet, en una versión completa, tomaría
fácilmente más de cuatro horas de proyección.
Al día siguiente, me encontré con un
viejo amigo. Culto, creo. Me dijo: “Compadre, anoche han puesto nada menos que
una película rusa, más larga que el carajo, y ¡en blanco y negro!”
Sin comentarios. Habíamos traspasado
el umbral hacia otra época.

No hay comentarios:
Publicar un comentario