miércoles, 3 de junio de 2020

Mi recuerdo de Hamlet (soviético)


En estos días, casi sesenta años después de la primera vez, pude ver el filme Hamlet del director, entonces soviético, Grigori Kózintsev. Esta versión fílmica de la obra de Shakespeare compite solamente con la protagonizada por Lawrence Olivier, y las dos me parecen mejores que la más reciente de Franco Zefirelli.  Los interesados discuten cuál es superior.  La soviética y la inglesa son excepcionales. La de Kózintsev es una versión, dentro de su esquema académico, espléndida. La traducción de la obra, del inglés al ruso, es de Boris Pasternak y la música, especialmente compuesta para el filme, de Dimitri Shostakovski.  La fotografía, que no sé por qué no es valorada por la crítica, del lituano Jonas Gritsius. Pero lo para mí inolvidable fue la actuación protagónica de Innokenti Smoktunovski. 

El filme recibió numerosos premios, incluyendo el León de Venecia el Premio Especial del Jurado, y su protagonista fue condecorado con el Premio Lenin, que sumó a  un gran número de otras condecoraciones que había recibido durante su carrera.

Pero el cuento no es ese.

Sucede que a poco tiempo de empezar a trabajar en el ICRT, supe por la prensa que Smoktunovski estaba en La Habana. Era 1990 y ya la URSS vivía sus convulsiones finales.  Pedí a los compañeros de cinematografía de la televisión que fueran a entrevistarlo. El actor no había estado nunca en Cuba y, aunque había participado en un sinnúmero de otras películas (tengo un dato que habla de 85 películas a lo largo de casi cuarenta años), no había vuelto a oír hablar de él. Pero nunca había olvidado su interpretación,  ni su nombre, en una curiosa aventura de mi memoria.

Cuando los compañeros llegaron a la habitación del hotel Habana Libre donde se alojaba para entrevistarlo, aquel hombre de casi dos metros de altura y mucho más de  sesenta años, pero muy envejecido, se echó a llorar. Era un hombre olvidado, preterido, en su país, aunque aún hacía películas. Sus méritos y condecoraciones ya significaban poco. Con su llanto agradecía, sorprendido, que en Cuba se le recordara y se le reconocieran sus méritos.

(Así sucedió con otros, como el conocidísimo Víctor Afanásiev, filósofo y director de Pravda.)

Esa noche se transmitió la entrevista.  Y luego se puso la película, que dura por cierto dos horas y media. Solamente. Pasternak omitió muchas escenas. Hamlet, en una versión completa, tomaría fácilmente más de cuatro horas de proyección.

Al día siguiente, me encontré con un viejo amigo. Culto, creo. Me dijo: “Compadre, anoche han puesto nada menos que una película rusa, más larga que el carajo, y ¡en blanco y negro!”
Sin comentarios. Habíamos traspasado el  umbral hacia otra época.

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