jueves, 25 de noviembre de 2021

Mi nueva televisión en colores

 

Ya es sabido que la televisión se vio en colores en La Habana a partir del año 1958, en una aventura que llevaba el sello característico de Gaspar Pumarejo.  Fue una verdadera osadía, valiéndose de un telecine para transmitir los noticieros previamente filmados en 16 mm y revelados en el día fuera de Cuba.  No era un proyecto que se pudiera mantener mucho tiempo en tales condiciones, con un único estudio más o menos sencillo, en la planta baja del Hotel Habana Libre.

Solo Estados Unidos transmitía entonces en colores.

Pera la historia la aventura tuvo otro problema: había dinero de Batista en su financiamiento.  Siendo un niño pude ver un único televisor que recibía aquella señal, a principios del 59. Si aquella era la televisión en colores, podíamos seguirla viendo en blanco y negro.

La televisión en colores regresó, como se sabe, en diciembre de 1975, cuando se grabaron y se transmitieron parcialmente las sesiones del Primer Congreso del Partido con el famoso camión NEC desde el recién reinaugurado teatro Karl Marx, y se vieron en los pocos televisores  --muchos de ellos NEC--  que se adquirieron para la ocasión. El gran Amary Pérez García  fue su director principal.

Esto es cosa sabida.

Lo que se desconoce es que, en paralelo con aquellas grabaciones y transmisiones, se hizo diariamente un noticiero de unos quince o veinte minutos, que se enviaba también a diario,  por Intersputnik a los asociados de este sistema.


Carlos Mora, veterano periodista y subdirector de Prensa Latina; Andrés Escobar, periodista de la misma agencia y el que esto escribe, ninguno de los tres pertenecientes al mundo televisivo, éramos los periodistas, con la guía y la coordinación de Mora.

Efectivamente, no sabíamos casi nada de televisión y mucho menos en colores.  Pero para eso estaba nuestro director, un hombre con una rara capacidad, que conserva hasta hoy, para unir pericia profesional y gran calidad humana: Abel Ponce.

Lamentablemente, no recuerdo los nombres de los otros pocos compañeros que trabajaron como editores, sonidistas o luminotécnicos.  Ni siquiera recuerdo si llegamos a cubrir totalmente esta plantilla.

Trabajábamos con unas cámaras Sony que parecían de juguete y quizás lo eran, y que había comprado, no sé bien para qué, Publicitur, la agencia publicitaria del entonces Instituto Nacional del Turismo.

Y allá íbamos cada día, durante una semana aproximadamente, y todos hacíamos de todo.  Recuerdo que, vestido con mi traje a rayas, idéntico al que usaba la seguridad del estrenado Karl Marx, ofrecía a los transeúntes un extraño espectáculo.  Delante iba Abel Ponce, como arrullando la pequeña cámara entre sus brazos.  Y detrás iba yo, de cuello y corbata, cargando el control de cámara, que entonces era un tareco aislado que parecía una pequeña lavadora Aurika, pequeña, sí, pero del mismo peso. 

Ponce nos enseñó a Andresito y a mí a presentar noticias;  nos dijo qué teníamos que hacer en ese momento con las manos, qué tono de voz adoptar.

Y al final, allá íbamos de regreso a nuestro cuartel general, un apartamento compartido con mucha gente en la calle 8 de Miramar, cerca del teatro. 

Las máquinas de edición eran unos armatrostes que, al pulsar un grueso botón, hacían subir y bajar una bandeja donde se ponía el cassette U Matic.  Con tres grandes cacharros de aquellos y un monitor, sin switcher ni efectos, a botonazo limpio, se hacía una edición bastante digna.  Y a la hora fijada se entregaba el cassette para su transmisión.

Salvo el día en que se fue la electricidad y el cassette se quedó trabado dentro de la máquina.  Mora escenifico una de sus más logradas, coloridas y ansiosas perretas.  Abel y yo cogimos la máquina, que pesaba como dos controles de cámara, o como dos lavadoras Aurica, y corrimos por el barrio buscando dónde había electricidad.

En eso, se hizo la luz.  Y a tiempo aún para la transmisión, vimos cómo el botón funcionaba y ahora en vez de bajar el cassette al interior de la máquina, lo hacía subir, con una lentitud desesperante, pero con efectividad.

Hoy, además de los muchachos de nombre desconocido,  sólo sobrevivo  yo. Ponce y yo nos vimos ambos las caras otra vez en el ICRT, mucho tiempo después, y trabajamos más o menos juntos. Hasta lo animé para que hiciera un remake de una de sus más exitosas novelas televisivas, Rosas a crédito.  Eran tiempos difíciles, pero con su tesón habitual, lo hizo en condiciones precarias. La primera vez la producción salió al aire en blanco y negro; esta vez fue en colores desde el mismo estudio 12. 

Me correspondió dar la orden de jubilar el camión NEC.  Los aguerridos santiagueros llevaron las cámaras para el Telecentro provincial, pero ya no les sirvieron de mucho.  Habían pasado quince años de constante trabajo. 

Andresito y Mora fallecieron hace ya algún tiempo, y Abel hace solo dos años.  A Andrés y a mí se nos quedó siempre pendiente una conversación con Mora, para que nos explicara qué quería decir con aquel gesto de sus manos, extendidas y como dibujando la redondez de la tierra, al que acompañaba una frase críptica: ¡Canibalicemos, canibalicemos! De lo que sí estoy plenamente seguro es de que no tenía nada que ver con la televisión en colores.

 

 

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