Publicado
también en Cubarte. Le envié el original, a sabiendas de que no era gran cosa,
pero sí fue mi intento por reproducir mis mejores recuerdos del poeta y
profesor, que fue, al menos para mí, el que más influyó en quienes acudimos con
entusiasmo a cada una de sus clases. Lo leyó y solo puso en un correo: Memorioso
Enrique.
Para muchos jóvenes, yo diría que para la mayoría, Roberto Fernández Retamar es el Presidente de la Casa de las Américas, el miembro del Consejo de Estado, el agudo pensador que habla con lucidez y opinión propia sobre problemas que nos resultan más que cercanos. Saben que es además un poeta indispensable, aunque muchos no lo hayan leído pues, hasta donde sé, su poesía vive un ya prolongado vacío editorial.
La presentación ahora por la Editorial Letras Cubanas en la pasada Feria del Libro, de su Idea de la estilística, que acompaña en librerías a una recopilación anterior de ensayos, conferencias y presentaciones recogidas bajo el título –retamariano--En la España de la Eñe,publicada por la Editorial Oriente, y a La poesía contemporánea en Cuba (1927-1953) (también editada por la Editorial Letras Cubanas)[i], nos presenta otro rostro, que no puedo llamar desconocido, pero que para muchos --y sigo pensando en los jóvenes-- propone otro acercamiento, apasionante, a su obra y a su antigua y no abandonada vocación de estudioso de la lengua y la literatura.
No motiva esta nota
solamente el indudable interés de estos textos.
Es escrita bajo la advocación de la nostalgia. Es el Retamar que una generación completa de
estudiantes de literatura conocimos a nuestro paso por la Escuela de Letras, en
los marcantes años sesenta.
Roberto, en los días de su profesorado en la Escuela de Letras.
Idea de la estilística fue el libro que acompañaba la asignatura que entonces impartía aquel joven poeta, y que leíamos en una edición surgida de la irrefrenable labor editora de Samuel Feijóo en la Universidad de Las Villas (“benemérito editor”, creo que le llamaba Retamar en el prólogo). Fue más que un libro de texto.
El pequeño volumen, y
sobre todo las clases de aquel profesor, cuyo perfil nunca acerté a determinar
si era de origen árabe o judío --ambos pueblos son nietos de Abraham, y el
propio apellido Retamar balancea su etimología entre esas dos fuentes--
cumplieron en nosotros el propósito declarado de la estilística, que, dice el texto, “no ha nacido para enseñar a
escribir bien: en todo caso, a bien leer, a bien comprender”.
Hasta donde cada cual
logró, lo aprendido nos ayudó a leer y a comprender bien en los ya largos
cincuenta años posteriores. Pero no sólo
el libro: las clases eran un ejercicio
diario de los principios de la asignatura, sobre ejemplos literarios y sobre la
vida cotidiana: la frase recién dicha
entonces por Fidel: “Esa bandera, ese
cielo, esta tierra, los defenderemos al precio que sea necesario” fue de
inmediato un ejemplo visto en clases, como progresión estilística del símbolo
abstracto a la noción más directa y concreta.
Aún hoy, lo aprendido
es indispensable. Cuando los
procedimientos de análisis de contenido deshuesan fríamente un texto, y buscan
y cuantifican reiteraciones y motivos, la estilística viene a aportarnos el
alma de esa escritura, humaniza y embellece el estudio.
En las clases
conocimos el entorno literario que acompañaba y que, en estos volúmenes de que
hablo, acompañan a Retamar. Martí, el principal, seguido de otros nombres
como Unamuno –cuya lectura común nos identificaba: “ese Julio Verne de la
filosofía”, me dijo--, Borges, los Alonso, Pedro Henríquez Ureña, Antonio
Machado y, claro, Manuel: “¿Verdad, Antonio / Machado, / que un hermano / Debe llamarse / Manolo / O algo así?”, en alusión a su buen
hermano, Manolo Fernández Retamar. O por supuesto, Darío, Aleixandre, Alberti, Lorca,
Fernando Ortiz, Marinello, Vitier, todos los clásicos españoles y, obviamente,
Alfonso Reyes, el augusto regiomontano.
Y una larga lista, enriquecida cada día por su envidiable memoria y su
increíble capacidad para citar textualmente, cualidades ambas que conserva en
plenitud.
Al releer estos
textos, encuentro también temas dominantes en las reflexiones de Retamar sobre
la lengua y la literatura. Destaco
solamente, como ejemplo, dos de ellos.
De inicio, con valor
biográfico, pero también antropológico e histórico, su visión de España. Es su españolidad, de hecho, el tema nuclear de
los materiales diversos recogidos en uno de estos libros (En la España…). Y es que
Retamar se confiesa haber nacido escuchando los ecos de la guerra heroica que
enfrentó a la República española con el fascismo internacional, con un nutrido
concurso internacionalista, entre ellos de
mil cubanos. Participante en una protesta callejera contra la visita a
Cuba de quien creían delator de Lorca,
Retamar veló sus primeras armas revolucionarias en el tenebroso Castillo
del Príncipe, a los diecinueve años de edad.
Su españolidad, por
supuesto, es la de aquella su España,
no la España de la reacción, la que apelaba a “glorias herrumbrosas y grandezas de
utilería”. Sino la España de Bartolomé
de las Casas o de Miguel Hernández, la
popular, la viviente y la auténtica (son palabras de “Contra la Leyenda Negra”,
importante ensayo incluido en el libro), cuya resistencia puso en jaque a las
tropas napoleónicas; la España cuyo contraste con la otra dibuja Retamar,
aunque “sin incurrir en un corte primario y en un abandono empobrecedor”. La
España donde “convivieron durante siglos, y se influyeron mutuamente,
fructuosamente”, y nos influyeron mutua y fructuosamente, diríamos desde acá,
“cristianos, moros y judíos, españoles todos…” La España que reconoció José
Martí, cuya obra “sólo tiene un parigual estilístico entre los mayores
escritores del Siglo de Oro español, (…) pudiendo Juan Marinello hablar de la
‘españolidad literaria de José Martí’”.
El modernismo, Martí
y la polémica sobre su presencia en este movimiento es el tema de otro ensayo
fundamental, incluido en En la España de
la Eñe, “Modernismo, 98, subdesarrollo”.
Pero aquí no se trata
solamente de la reiteración de su punto de vista sobre el polémico tema. En mi consideración, Retamar trasciende los
marcos del debate tradicional, al plantear
el problema en otra dimensión y desde un nuevo momento histórico.
Cuando España y América
Latina –los escritores que en nuestra América inician y nutren la literatura
modernista, y los españoles del 98--, desde perspectivas diferentes, y ante el
empuje imperial, europeo y estadounidense, entran juntas en el mundo del
subdesarrollo. Juntas entran, advierte,
unidas “en una desventura económica que no tardará en revelarse casi al mismo
tiempo en desventuras políticas y en una compleja obra literaria”.
No hay duda de que
este punto de vista se emparenta con las vivencias de Retamar en los años 60,
ya al frente de la revista Casa,
cuando coexistía con la efervescencia latinoamericana y caribeña de
entonces, y presenciaba --desde Cuba, por supuesto, no se trataba sólo de presenciar-- los procesos de descolonización africanos y
de liberación latinoamericanos, preñados de esperanza, acompañados por las teorizaciones
del momento sobre las implicaciones, históricas, políticas y culturales, que de ellos resultarían.
Hubiera merecido hablar de su sentido del humor. Pero
eso será, o sería, en otro texto.
Factores que abren la puerta al rumbo que, desde aquellas experiencias de la década, adoptaría –o más bien ampliaría-- su ensayística, dedicada desde entonces y básicamente, a la problemática del mundo subdesarrollado, de nuestro mundo y nuestras culturas, con la perspectiva que además le ofreció el constante intercambio con su América, es decir, con Nuestra América.
A Martí en su –tercer-- mundo, publicado en 1965 y reproducido
numerosas veces, seguirá la ya extensa y
productiva saga que, tomando como punto de partida el personaje shakesperiano, indaga en la complejidad de ser Caliban, desde nuestros países,
frente al mundo y a la cultura del Occidente desarrollado.
Pero ya eso es tema
de otro momento, y para el cual no falta la bibliografía: el
título Todo Caliban, presente también
en librerías, recoge lo esencial del asunto. Y los dos mundos retamarianos, el
filológico y éste, pueden ser uno, como sucede con su conferencia “Lezama Lima
y su visión calibanesca de la cultura”, leída en el seminario organizado en
homenaje al gran poeta cubano, y reproducida en el número 261 de Casa.
Es bienvenida
entonces Idea de la estilística, por
recordada y agradecida. Como es bienvenido el Retamar filólogo de la lengua y
de la literatura española, origen y suma del que todos hoy conocemos, prolijo
ensayista, pensador siempre fresco y original de nuestros problemas, de
nuestros mundos y de nuestros tiempos.
[i]La
edición original de Idea de la
estilística data de 1958. La Poesía
contemporánea en Cuba (1927-1953) es la tesis de grado con la que Roberto
Fernández Retamar obtuvo el doctorado en Filosofía y Letras en la Universidad
de La Habana en 1953 y fue publicado en forma de libro en las Ediciones
Orígenes en 1954. Las citas en cursiva
en este artículo provienen todas de los textos del autor.
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