jueves, 25 de noviembre de 2021

Memoria del doctor Pi

 

Se publicó también años atrás, en Granma y en Cubadebate.  Intenté escribirlo en el momento de su fallecimiento y solo envié lo escrito a sus familiares.  Después redacté esta memoria. En Granma fue un hombre muy respetado y sin duda uno de mis mejores amigos.

Su nombre y sus apellidos presagiaban su porte y hasta su personalidad.  Agustín Pi Román, el doctor Pi para los trabajadores de Granma,  impresionaba por su  sobria dignidad y por el noble talante que uno supone en el típico camagüeyano (lo era por formación: había nacido en Cienfuegos, el primero de noviembre de 1919, pero  al año de nacer fue a residir  a la antigua y extensa provincia de Camagüey).


Nos encontramos a mediados de 1966, cuando continuaba, como director de la Editora Universitaria, la tarea de editor que había practicado con Alejo Carpentier en la Imprenta Nacional, una de las primeras grandes obras culturales de la Revolución.

Pero ya a inicios del año siguiente, por azares del destino, ambos compartíamos un estrechísimo local en el periódico con el nobilísimo Alcides Iznaga:  éramos los noveles correctores de estilo del diario, en un esfuerzo porque, con el reconocido dominio del idioma de Pi y de Alcides, y mi modesta carta de presentación como casi egresado de la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana, se garantizara la calidad literaria de un periódico donde convergían veteranos reporteros, compañeros de otros frentes incorporados a la prensa y jóvenes graduados de varias carreras.

Recuerdo esa breve etapa como de un intenso aprendizaje no sólo literario, sino también humano:   entre aquel hombre de voz bien timbrada y jocundo humor criollo, con quien hice rápidamente excelentes migas,  y Alcides, aquel otro buen hombre, de una ingenuidad tan amplia como su bondad.  Al cabo de unos meses ya Pi no era mi jefe, sino, por conciliábulo entre ambos y coincidencia de un apellido, tío y sobrino, y grandes amigos. 

Merece una biografía esta figura que, al llegar al periódico, ya formaba parte de uno de los momentos raigales de la cultura cubana.  Pi formó parte del grupo de Orígenes: sin ser uno de los poetas fundadores,  era parte de ellos y de su significativa actividad intelectual. Pero sobre todo, era amigo y hermano, gracias quizás a su permanente ejercicio de una sencilla discreción. De él dice Lezama:   “Cuando Agustin Pi asiente lo que decimos, parece que disiente lo que no decimos”, o agrega Fina García Marruz: “…le interesaba la vida silenciosa, inadvertida, que en algunos momentos uno la siente con mucha intensidad, como un aroma”.  O resume Roberto Fernández Retamar: Pi estaba “en Orígenes como la transparencia en el aire”.

Aparecen en la foto, del Grupo Orígenes: Eliseo Diego, Bella García Marruz, Fina García Marruz, Cintio Vitier y Agustín Pi.

Más visible y protagónica fue su presencia en Granma. Jorge Enrique Mendoza, a su llegada a la dirección del periódico en 1967, fortaleció la  autoridad editorial de quien fue pronto “el doctor Pi”, y le añadió la jefatura de la página cultural, de aparición irregular.  Mendoza sostenía con razón, que el periódico debía ser una referencia de buen uso del idioma para los 
maestros y profesores cubanos  --Pi y Mendoza lo fueron--, lo que daba al celo del equipo de Pi un espacio y un papel prominentes en la anónima pero apasionante labor de confeccionar un periódico cada día.

Un capítulo aparte merecería la relación entre Mendoza y Pi.  No podía imaginarse la función de uno sin la del otro. Ambos coincidían en el preciosismo lingüístico y tipográfico y en la intención magisterial, pero a partir de personalidades muy distintas: muchos caminos recorrieron las relaciones de trabajo entre el corrector sereno y metódico, y la personalidad incapturable de Mendoza. Hasta, cuenta Gustavo Robreño, situaciones de un humor imprevisible:  tras una madrugada fatigante, luego de revisar repetidamente algún material de alta responsabilidad, al marcharse Pi a las cinco de la mañana, agotado y con el diario ya impreso bajo el brazo, era llamado por Mendoza con alegría y con su habitual desvelo: “¡Venga Pi, vamos a leerlo de nuevo!  ¡Ahora vamos a disfrutarlo!”

Después de retirarse siguió visitando el periódico para conversar con sus amigos, periodistas, choferes, cajistas, correctores de pruebas, linotipistas o impresores. Iba a pie, y a pie regresaba hasta su casa, enfermo ya, pero enhiesto como siempre.

Solo conozco la existencia de un libro, de factura artesanal, que recoge una parte de su vida.  Agustín Pi, el amigo absoluto, es la memoria de quienes fueron sus hermanos, Cintio Vitier y Fina García Marruz  --como lo fueron Eliseo Diego y Bella García Marruz.

A diez años de su fallecimiento, el 3 de enero del 2001, queda la deuda de quienes lo conocimos por narrar esta  otra faceta de su vida,  de completar el rescate de los hechos y las virtudes de aquel enorme amigo,  que alternó  su paciente y sensible capacidad de escuchar y comprender, con su vigoroso magisterio, literario y martiano,  sobre más de una de las  generaciones que lo conocimos en su inolvidable paso por el periódico Granma. 

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