Se publicó también años atrás, en Granma y en Cubadebate. Intenté escribirlo en el momento de su
fallecimiento y solo envié lo escrito a sus familiares.
Después redacté esta memoria. En Granma fue un hombre muy respetado y sin duda uno de mis mejores amigos.
Su nombre y sus apellidos presagiaban su porte y hasta su personalidad. Agustín Pi Román, el doctor Pi para los trabajadores de Granma, impresionaba por su sobria dignidad y por el noble talante que uno supone en el típico camagüeyano (lo era por formación: había nacido en Cienfuegos, el primero de noviembre de 1919, pero al año de nacer fue a residir a la antigua y extensa provincia de Camagüey).
Nos
encontramos a mediados de 1966, cuando continuaba, como director de la Editora
Universitaria, la tarea de editor que había practicado con Alejo Carpentier en
la Imprenta Nacional, una de las primeras grandes obras culturales de la
Revolución.
Pero
ya a inicios del año siguiente, por azares del destino, ambos compartíamos un
estrechísimo local en el periódico con el nobilísimo Alcides Iznaga: éramos los noveles correctores de estilo del
diario, en un esfuerzo porque, con el reconocido dominio del idioma de Pi y de
Alcides, y mi modesta carta de presentación como casi egresado de la Escuela de
Letras de la Universidad de La Habana, se garantizara la calidad literaria de
un periódico donde convergían veteranos reporteros, compañeros de otros frentes
incorporados a la prensa y jóvenes graduados de varias carreras.
Recuerdo
esa breve etapa como de un intenso aprendizaje no sólo literario, sino también
humano: entre aquel hombre de voz bien
timbrada y jocundo humor criollo, con quien hice rápidamente excelentes
migas, y Alcides, aquel otro buen
hombre, de una ingenuidad tan amplia como su bondad. Al cabo de unos meses ya Pi no era mi jefe,
sino, por conciliábulo entre ambos y coincidencia de un apellido, tío y
sobrino, y grandes amigos.
Merece
una biografía esta figura que, al llegar al periódico, ya formaba parte de uno
de los momentos raigales de la cultura cubana.
Pi formó parte del grupo de Orígenes:
sin ser uno de los poetas fundadores,
era parte de ellos y de su significativa actividad intelectual. Pero
sobre todo, era amigo y hermano, gracias quizás a su permanente ejercicio de una
sencilla discreción. De él dice Lezama: “Cuando Agustin Pi asiente lo que decimos,
parece que disiente lo que no decimos”, o agrega Fina García Marruz: “…le
interesaba la vida silenciosa, inadvertida, que en algunos momentos uno la
siente con mucha intensidad, como un aroma”. O resume Roberto Fernández Retamar: Pi estaba
“en Orígenes como la transparencia en
el aire”.
Aparecen en la foto, del Grupo Orígenes: Eliseo Diego, Bella García Marruz, Fina García Marruz, Cintio Vitier y Agustín Pi.
Un
capítulo aparte merecería la relación entre Mendoza y Pi. No podía imaginarse la función de uno sin la
del otro. Ambos coincidían en el preciosismo lingüístico y tipográfico y en la
intención magisterial, pero a partir de personalidades muy distintas: muchos
caminos recorrieron las relaciones de trabajo entre el corrector sereno y
metódico, y la personalidad incapturable de Mendoza. Hasta, cuenta Gustavo
Robreño, situaciones de un humor imprevisible:
tras una madrugada fatigante, luego de revisar repetidamente algún
material de alta responsabilidad, al marcharse Pi a las cinco de la mañana,
agotado y con el diario ya impreso bajo el brazo, era llamado por Mendoza con
alegría y con su habitual desvelo: “¡Venga Pi, vamos a leerlo de nuevo! ¡Ahora vamos a disfrutarlo!”
Después
de retirarse siguió visitando el periódico para conversar con sus amigos,
periodistas, choferes, cajistas, correctores de pruebas, linotipistas o
impresores. Iba a pie, y a pie regresaba hasta su casa, enfermo ya, pero
enhiesto como siempre.
Solo
conozco la existencia de un libro, de factura artesanal, que recoge una parte
de su vida. Agustín Pi, el amigo absoluto, es la memoria de quienes fueron sus
hermanos, Cintio Vitier y Fina García Marruz
--como lo fueron Eliseo Diego y Bella García Marruz.
A diez
años de su fallecimiento, el 3 de enero del 2001, queda la deuda de quienes lo
conocimos por narrar esta otra faceta de
su vida, de completar el rescate de los
hechos y las virtudes de aquel enorme amigo,
que alternó su paciente y
sensible capacidad de escuchar y comprender, con su vigoroso magisterio, literario
y martiano, sobre más de una de las generaciones que lo conocimos en su
inolvidable paso por el periódico Granma.
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