El estadio Latinoamericano todavía es para mí, a cada rato, el estadio del Cerro. No puedo evitar llamarlo por su viejo nombre, y es explicable: en los borrosos recuerdos que todos tenemos de algún episodio de la primera infancia, aparece aquel recinto enorme y oscuro, conmigo sentado en una silla de “preferencia”, junto a mi padre y a mi madre. Era parte del ritual. Era una de las grandes opciones de entretenimiento de la época. Al frente, el terreno y el juego, con una iluminación deslumbrante, que lo hacía parecer irreal.
Debe haber sido en 1948, a solo unos pocos años de haber sido inaugurado el estadio. También de esa época es otro recuerdo, más completo y complejo y, con el tiempo, imborrable.
Entre las muchas habilidades de mi padre, que era tipógrafo de profesión, estaba la encuadernación de libros. Trabajaba con finura la piel, el pergamoide, los papeles de las guardas, los tipos con que se imprimían, con papel de oro, los títulos y los créditos. Y para su desmedida afición a la pelota, que llegué a compartir desde niño, me hizo un álbum de autógrafos en pergamoide azul y cartulinas para las firmas que ambicionábamos recoger esa noche de su gran e irreductible equipo: el Almendares.
Aquí debo hacer un paréntesis. Su militancia por el Almendares solo era comparable a la de su compañero en la imprenta, el linotipista Guillot, por el club Habana. No hacían más que repetir una pasión que dominaba el mundo beisbolístico habanero. Los otros dos equipos, Marianao y Cienfuegos, tenían sus seguidores, pero nunca con el fervor que los adictos a los dos teams que casi siempre ganaban los campeonatos.
En algún lugar de mi casa está una pequeña y oscura foto donde se logra apreciar un muñeco, lo más parecido posible a un león, sobre la mesa metálica de la imprenta del Archivo Nacional, donde ambos trabajaban. Y flanqueado por cuatro candelabros con sus correspondientes velas. Era el velorio que mi padre le había preparado al fiero animal, símbolo del club Habana, que había perdido el campeonato frente al Almendares.
Regresemos al álbum. Mi padre había recortado no sé dónde fotos individuales, en colores, de cada pelotero. Una en cada página.
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| Ya era leyenda |
Una noche llegamos temprano al estadio. Y allá nos fuimos al dugout del equipo azul, en esa noche el de la línea de primera, en cuyos asientos de preferencia nos sentábamos generalmente.
Siempre he pensado que era el equipo histórico del campeonato 1948 – 1949. Almendares lo ganaría y luego, en la Serie del Caribe, volvería a ganar, esta vez en representación de Cuba. Esa fecha y el nombre del club eran el título dorado que mi padre grabó en el pequeño álbum de autógrafos. Hoy tengo una duda, como se verá luego.
En el muro que nos separaba del dugout, mi padre llamó a los peloteros, uno a uno. Los conocía a casi todos, y les fue pidiendo sus firmas. Uno de ellos lo ayudaba: Conrado Marrero. Ya era una leyenda.
Y uno solo nos viró la cara y se negó a firmar. Roberto Ortiz, un gigante de 6 pies y cuatro pulgadas, jonronero por excelencia, el héroe de la época, y al parecer, quizás esa noche, la fama se había apoderado de su cabeza.
Marrero lo llamó. Cómo le vas a hacer eso al niño, le dijo. Y él mismo cogió el álbum, fue donde el gigante outfielder, y le hizo firmar.
En ese álbum estaban firmas legendarias, como la del propio Marrero, las de Fermín Guerrra, manager y receptor ocasionalmente (entonces se podía hacer), Andrés Fleitas, receptor titular, Willie Miranda, el muchachito que se había convertido ya en el más carismático de los shortstops, Héctor Rodríguez, el clásico y eficaz tercera base. O Francisco, Sojito, Gallardo, infielder a cuyo homenaje, en un oscuro solar yermo de Santos Suárez, fui con mis padres (no tengo la menor idea de por qué se le homenajeaba). Y nombres también hoy de leyenda, como Agapito Mayor o Avelino Cañizares. Y de los norteamericanos, casi la mitad del club, retengo nada menos que a Monte Irvin, que había jugado en las Negro Leagues de Estados Unidos y ya estaba en el roster de los Gigantes, entonces franquicia de New York.
La memoria de los niños es impresionante e inexplicable. Porque recuerdo a Marrero cargándome por encima del muro y metiéndome no solo en el dugout, sino llevándome al clubhouse. De allí se me han fijado para siempre las puertas de persianas pequeñas que tenían las que presumo eran las taquillas de cada jugador.
Tuve, por supuesto, un uniforme de pelotero, del Almendares, con pantalones de bombacho y medias largas que nunca podré olvidar: eran como de una lana áspera y picaban. Desde entonces viene mi fijación con el color azul en camisas, pantalones, medias.
Mi duda consiste en que, buscando en internet, no aparece constancia de que Roberto Ortiz haya jugado en esa temporada en el Almendares, sino en la siguiente, 1949-1950. ¿Error de mi padre al poner el título? Da iguam. Era casi el mismo equipo y también el equipo ganó el campeonato siguiente.
Fui un aficionado furibundo a aquel béisbol. Para agravar las cosas, tenía un amigo cuyo padre había rentado un palco detrás de home. Allí los vi a todos, domingo a domingo. Vi, por ejemplo, calentar muy de cerca a Winnie “Vinagre” Mizell. No había, creo, velocímetros. Pero su recta debe haber sido increíblemente dura, no solo por el récord de ponches. Vi al cátcher que le recibía en el calentamiento, introducir una suerte de tablita en el dedo pulgar de la mascota. Le debían arder las manos.
Extraño aquel béisbol. Cuando terminó en visible decadencia, yo, en una suerte de rechazo inconsciente, dejé de seguir la pelota por varios años. Luego vino la reconciliación, hasta el día de hoy, y tengo la dicha de haber visto y hasta alternado con peloteros de la talla del Niño Linares (no solo). Siguen las anécdotas. En los 90 conocí a Hank Aaron, vicepresidente de la Turner Broadcasting System, en Atlanta. Lo trajimos a Cuba. Y en la pequeña recepción que le hicimos en una casa de protocolo del ICRT, asistí embobecido a una charla entre Aaron, Omar Linares y Rogelio García. El joven Linares, ya un héroe de ese deporte, recibía consejos de Aaron. “El problema no es solo batear”, le decía. “Tienes que robar bases”. (Y el Niño las robaba).
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| Con los Senadores del Washington |
Nunca más había visto a Marrero. Pero durante los Juegos Panamericanos, me dijeron que iría a una entrevista en la programación continua que trasmitíamos sobre el evento. Lo invité a tomar café en mi oficina y, no faltaba más, le narré mi anécdota. Claro que no recordaba nada, pero me lo agradeció, tabaco en ristre y con aquella voz chillona que hacía bueno el seudónimo, entre otros, de Guajiro.
No dejó de hacer anécdotas. Una que recuerdo. Sucedió antes de pasar al béisbol profesional: en un juego de manigua, se le empató el juego. Tras nueve innings, vino el décimo, el undécimo, y seguía empatado y el pitcheando. Le pidió al manager que lo relevara. El manager le respondió: “Sigue tirando, guajiro, que no tengo a más nadie”. No sé cuántas entradas más. Fue el juego más largo que pitcheó en su vida, me dijo.
Repasé muchas veces aquel pequeño álbum, que rodaba por las gavetas de la casa. Un día no lo encontré más. “Debe estar por ahí, en cualquier gaveta”, me dijo mi padre. Nunca más apareció.



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