sábado, 11 de julio de 2020

La selva maya


A mediados de los años 90, se presentó para la radio y la televisión cubanas la oportunidad de ingresar en la CBU, Caribbean Broadcasting Union. Era un movimiento lógico, teniendo en cuenta las relaciones crecientes de Cuba con los estados caribeños, sobre todo los anglófonos. Poco antes la OTI, Organización de Televisión Iberoamericana – organización de dueños de televisoras privadas en su gran mayoría – nos había abierto las puertas. A instancias de Televisa, en un giro absoluto de la línea adversa de este gigante ante Cuba. Las razones son tema de otro post.

Respondimos positivamente a la CBU y fuimos convocados para el ingreso a su Asamblea General, ese año en Belice. Allá fui, acompañado por Alfredo Pereira, El Suave, eficaz traductor de inglés y funcionario de nuestra dirección de Relaciones Internacionales.

Saqué pasajes a México DF, otros a Cancún, y de allí a Belice. Era la ruta. Y llegamos a Cancún.

Y empezaron los problemas. O el problema. -¿Vuelo a Belice? No, señor, le han vendido un pasaje para un vuelo que se suprimió hace mucho tiempo. 

Exploré la solución por carretera. Imposible. Llegaríamos después de terminada la Asamblea. Y si no íbamos, no ingresábamos en la CBU. 

Ah, pero Dios aprieta, pero no ahoga.
Poco tiempo antes habíamos conocido en La Habana a Gastón Alegre, propietario de Radio Turquesa, la estación de radio más oída de Quintana Roo. Y a su entonces carnal amigo el ingeniero Toledo, dueño del mayor sistema de TV por cable de Cancún. 
Nos habían recibido tan amistosamente como nosotros a ellos en La Habana. Alegre nos alojó en su hotel, Casa Turquesa.  Y Toledo… nos ofreció llevarnos en su avioneta.
A mí izquierda, Gastón Alegre. Del otro lado, el Chino Lamar, entonces residente en Cancún (cubano, como es evidente). Detrás, el Cessna de Toledo.


No lo pensamos mucho. Nuevamente, a correr en pista fangosa. Un Cessna de cuatro plazas, que saltaba y saltaba hasta que Toledo, experto piloto, pidió a la torre de control que lo dejarán subir a más altura para no seguir sacándole la vida a sus pasajeros.

No recuerdo cuánto tiempo duró el vuelo.  Al principio me sujeté de lo que en un carro sería la ventanilla, hasta que me di cuenta de, que en este caso, este era un gesto inútil. Entonces Toledo me fue explicando. Lo peor que le puede pasar a un avión, me dijo, es perderse. Por eso tenía multiplicados sus medios de navegación. Entre ellos, un aparatico mágico, parecido a un celular, que ponía sobre la consola de instrumentos.  Me dijo: eso se conecta a un satélite y me dice mi posición exacta. Yo no sabía, y creo que nadie sabía entonces, qué era un GPS.

Tenía un listado de emisoras radiales y sus transmisores en el área. Encendiendo un radio, igual que el de un carro, las podía sintonizar y contrastar su frecuencia contra el listado. Y tenía, por supuesto, un radar.
Delante de nosotros, encima, al lado, debajo, los cúmulos. Los veía también en el radar. Toledo me señaló los destellos rojos dentro de los grandes cúmulos: - Ahí no podemos meternos ni tantito. Era la evidencia de una gran actividad eléctrica.

Volábamos sobre el mar, cerca de la orilla terrestre. A mi lado, la densa e interminable selva maya. Si nos caíamos, pensé, tardarían varios siglos en encontrarnos. Los arqueólogos no entenderían cómo los mayas habían logrado armar un avión. Otro más de sus enigmas indescifrables.

Toledo me contó que, a saltos, de aeropuerto en aeropuerto, volaba a Canadá. 

Finalmente, ya sobre Belice (al final, no había diferencia entre un paisaje y otro), se veía una raya blanca. Era la pista del aeropuerto. Tampoco se parecía a lo que yo conocía como aeropuerto. Solo en Pinar del Río había visto algo así, el aeropuerto de Borrego, en el que mi tío intentaba inútilmente enseñarme a manejar. (En una época se estableció una línea aérea entre La Habana y Pinar. Creo que valía 6 pesos el viaje. Los aviones llegaban vacíos y el piloto, sin apagar los motores, preguntaba: ¿no hay nadie? Y remontaba vuelo otra vez. Duró muy poco el experimento).

El aterrizaje fue otro sofocón, pero finalmente exitoso.  Un solo hombre vino a recibirnos. Le cobró una suma exagerada a Toledo por los derechos, el cuidado del avión, sus favores personales, etc., y fuimos directamente a la Asamblea.

Sin mucho ruido, pero con amabilidad, ingresamos en la CBU.  Adquirimos los primeros amigos, que se consolidarían en los años siguientes. En la sesión final reapareció Gastón Alegre. Nos dijo: - Vámonos. Pero ahora en el avión del gobernador del Estado de Quintana Roo, que nos lo prestó.

El viaje de regreso no merece comentario. Era otro avión de un solo motor, pero mucho más grande, con un piloto y un copiloto, como debe ser, y creo que doce plazas. Después de la experiencia en el Cessna de Toledo, cualquier cosa era más tranquilizante.

Me preparé para explicar en La Habana por qué habíamos corrido esta aventura, pero, sinceramente, nadie me preguntó. Mucho tiempo después se la conté a un amigo que sabía lo que decía. Me dijo: -Eres un irresponsable.

Quizás.

Pasaron los años.  En otro viaje, invitado a Cancún por Gastón Alegre desde mi retiro actual, le pregunté por el ingeniero Toledo.  Muerto, me dijo. Se mató en una mala maniobra con aquel avioncito.  

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