Comencé a trabajar en Granma en octubre
de 1966, a un año casi exacto de haberse fundado el periódico. Ya yo era, sin haber terminado mis estudios
de Letras y Artes, jefe de redacción del minúsculo grupo que dirigido por Rolando
Rodríguez, tenía a su cargo la reproducción de libros de texto valiosos, a
partir del concepto de que los derechos de la sabiduría eran propiedad de toda
la humanidad. Era el Plan Fidel - como se le llamaba entonces a diversos
proyectos atendidos por el Comandante - Edición Revolucionaria, y los libros
eran esenciales para el desarrollo en veloz crecimiento de los estudios
universitarios.
Pero cuando llevaba poco más de dos meses
en esa labor, el secretario organizador de la UJC en la Universidad, Jesús
Pérez Othón, me llamó en mi condición simultánea de secretario de la UJC en
Letras. Me pidió que le seleccionara cuatro estudiantes, dos de Letras y dos de
Economía, para ir a reforzar Granma, necesitado urgentemente de personal por un
asunto que no viene al caso.
Recluté a cuatro estudiantes, se los
presenté a Pérez Othón, y me dijo: tú eres el quinto. De nada sirvió mi
pataleta, no pude apelar a Rolando, que andaba de viaje, y ni corto ni perezoso
me presenté ante Isidoro Malmierca, director del periódico.
La verdad es que Malmierca no sabía bien
qué hacer conmigo. Me asignó al llamado equipo ideológico, que dirigió primero
July Carranza, pinareño bien conocido, y luego mi amigo Pedrito Díaz Arcia.
Me endilgó además el cierre de un concurso literario animado por Granma y que se había dormido por falta
de alguien que se encargara de terminarlo y dar a conocer sus resultados (solo
recuerdo el premio de poesía, el primer teniente Luis Pavón, de quien tuve
entonces y siempre una excelente impresión como ser humano).
Y tuve que hacerme cargo de las Ediciones
Granma, de libros, heredera de las Ediciones R del periódico Revolución.
Mi paso por estas actividades fue
efímero. En Ediciones Granma publiqué a Bradbury y a Ezequiel Vieta. Y en la página
ideológica tres párrafos de efemérides conmemorando el nacimiento o la muerte
de Sucre (que me valió un consejo para toda la vida de Norberto Fuentes. Me vio trabado en la redacción y me dijo:
hazte la idea de que estás escribiendo una carta. Y así he hecho toda la vida
cuando me he congelado en la famosa página en blanco de Mallarmé).
Malmierca decidió mejorar la calidad
literaria del periódico, al que se habían sumado varios compañeros que no
tenían experiencia en la profesión, y donde otros, veteranos, necesitaban buenas
ayudas gramaticales y de estilo. Y así me vi – y todo esto en seis meses – integrando un equipo de corrección de estilo, sentado
en una pequeñísima habitación, poco más que un closet, con Agustín Pi y con
Alcides Iznaga. Agustín, “la eminencia gris perla” del grupo Orígenes, figura
luego esencial para mí, y Alcides, escritor villareño, un buenazo. Aprendí muchísimo, y conocí las costuras de
varias glorias del periodismo cuyos originales requerían una buena limpieza
estilística.
Hasta que llegó Jaime Sarusky, ya
entonces un intelectual reconocido, y desde antes un buen amigo. Fue designado
al frente de la redacción cultural y lógicamente intentó reclutarme para su
equipo. Ni muerto, le dije. Esto no es lo mío.
En los inicios de 1967 Malmierca fue sustituido
por el primer capitán Jorge Enrique Mendoza, quien no necesita presentación.
Sarusky me llamó. Había hablado con
Mendoza y habían decidido que yo pasara a su equipo, y antes de que pudiera
protestar, me dijo: Te tengo tu primer trabajo. Una entrevista a Wifredo Lam
sobre sus gestiones para presentar en La Habana el Salón de Mayo parisino.
El desconcierto sustituyó al disgusto. Pero
se sobrepuso la resignación y, francamente, la voluntad de enfrentarme al desafío de hacer
periodismo.
Para una entrevista simple, que hoy haría
sin preparación y casi sin tomar notas, llegué incluso a llamar a mi profesora
y amiga Adelaida de Juan para que me ayudara con el cuestionario. Fijé la
entrevista con Lam. Y Jaime me indicó que llamara a los estudios de Korda – aun
un estudio privado – y le pidiera un fotógrafo.
Así hice. Eran tres Kordas, Luis Korda, el
viejo, Genoveno Korda y, por supuesto, Alberto, que se reservaba para las
grandes cosas. Fue él quien me contestó
al teléfono. Le pedí el fotógrafo. Me dijo: Voy yo. ¿Dónde es? Le respondí,
sorprendido: En el hotel Nacional.
- Bueno, pues recógeme en el estudio (en
el edificio frente al hotel Capri, a cien metros del Nacional).
Allá fuimos. Entramos a la habitación y
Lam se arrellanó en una silla, cruzó sus largos pies, y Korda se acostó en el
piso, con una cámara Leica creo que M3 y un lente 35 mm, un pequeño ángulo
ancho, a los pies, grandes pies, de Lam. La distorsión agrandaba el zapato y en
el otro extremo de la diagonal, la cabeza de Lam. La entrevista fue breve y
fluida, sin grabadora.
Al día siguiente el corazón me dio un
vuelco cuando miré el periódico. Entrevista y foto se habían publicado, el
texto íntegro, en la primera página de Granma.
Fue mi debut, por la puerta grande, en el
periodismo cubano. Tenía 21 años de edad.


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