miércoles, 1 de julio de 2020

La entrevista a Wifredo Lam


Comencé a trabajar en Granma en octubre de 1966, a un año casi exacto de haberse fundado el periódico.  Ya yo era, sin haber terminado mis estudios de Letras y Artes, jefe de redacción del minúsculo grupo que dirigido por Rolando Rodríguez, tenía a su cargo la reproducción de libros de texto valiosos, a partir del concepto de que los derechos de la sabiduría eran propiedad de toda la humanidad. Era el Plan Fidel - como se le llamaba entonces a diversos proyectos atendidos por el Comandante - Edición Revolucionaria, y los libros eran esenciales para el desarrollo en veloz crecimiento de los estudios universitarios.

Pero cuando llevaba poco más de dos meses en esa labor, el secretario organizador de la UJC en la Universidad, Jesús Pérez Othón, me llamó en mi condición simultánea de secretario de la UJC en Letras. Me pidió que le seleccionara cuatro estudiantes, dos de Letras y dos de Economía, para ir a reforzar Granma, necesitado urgentemente de personal por un asunto que no viene al caso.

Recluté a cuatro estudiantes, se los presenté a Pérez Othón, y me dijo: tú eres el quinto. De nada sirvió mi pataleta, no pude apelar a Rolando, que andaba de viaje, y ni corto ni perezoso me presenté ante Isidoro Malmierca, director del periódico.


La verdad es que Malmierca no sabía bien qué hacer conmigo. Me asignó al llamado equipo ideológico, que dirigió primero July Carranza, pinareño bien conocido, y luego mi amigo Pedrito Díaz Arcia. Me endilgó además el cierre de un concurso literario animado por Granma y que se había dormido por falta de alguien que se encargara de terminarlo y dar a conocer sus resultados (solo recuerdo el premio de poesía, el primer teniente Luis Pavón, de quien tuve entonces y siempre una excelente impresión como ser humano).

Y tuve que hacerme cargo de las Ediciones Granma, de libros, heredera de las Ediciones R del periódico Revolución.

Mi paso por estas actividades fue efímero. En Ediciones Granma publiqué a Bradbury y a Ezequiel Vieta. Y en la página ideológica tres párrafos de efemérides conmemorando el nacimiento o la muerte de Sucre (que me valió un consejo para toda la vida de Norberto Fuentes.  Me vio trabado en la redacción y me dijo: hazte la idea de que estás escribiendo una carta. Y así he hecho toda la vida cuando me he congelado en la famosa página en blanco de Mallarmé).

Malmierca decidió mejorar la calidad literaria del periódico, al que se habían sumado varios compañeros que no tenían experiencia en la profesión, y donde otros, veteranos, necesitaban buenas ayudas gramaticales y de estilo. Y así me vi – y todo esto en seis meses –  integrando un equipo de corrección de estilo, sentado en una pequeñísima habitación, poco más que un closet, con Agustín Pi y con Alcides Iznaga. Agustín, “la eminencia gris perla” del grupo Orígenes, figura luego esencial para mí, y Alcides, escritor villareño, un buenazo.  Aprendí muchísimo, y conocí las costuras de varias glorias del periodismo cuyos originales requerían una buena limpieza estilística.

Hasta que llegó Jaime Sarusky, ya entonces un intelectual reconocido, y desde antes un buen amigo. Fue designado al frente de la redacción cultural y lógicamente intentó reclutarme para su equipo. Ni muerto, le dije. Esto no es lo mío.

En los inicios de 1967 Malmierca fue sustituido por el primer capitán Jorge Enrique Mendoza, quien no necesita presentación.

Sarusky me llamó. Había hablado con Mendoza y habían decidido que yo pasara a su equipo, y antes de que pudiera protestar, me dijo: Te tengo tu primer trabajo. Una entrevista a Wifredo Lam sobre sus gestiones para presentar en La Habana el Salón de Mayo parisino.

El desconcierto sustituyó al disgusto. Pero se sobrepuso la resignación y, francamente,  la voluntad de enfrentarme al desafío de hacer periodismo.

Para una entrevista simple, que hoy haría sin preparación y casi sin tomar notas, llegué incluso a llamar a mi profesora y amiga Adelaida de Juan para que me ayudara con el cuestionario. Fijé la entrevista con Lam. Y Jaime me indicó que llamara a los estudios de Korda – aun un estudio privado – y le pidiera un fotógrafo.

Así hice. Eran tres Kordas, Luis Korda, el viejo, Genoveno Korda y, por supuesto, Alberto, que se reservaba para las grandes cosas.  Fue él quien me contestó al teléfono. Le pedí el fotógrafo. Me dijo: Voy yo. ¿Dónde es? Le respondí, sorprendido: En el hotel Nacional.

- Bueno, pues recógeme en el estudio (en el edificio frente al hotel Capri, a cien metros del Nacional).
Allá fuimos. Entramos a la habitación y Lam se arrellanó en una silla, cruzó sus largos pies, y Korda se acostó en el piso, con una cámara Leica creo que M3 y un lente 35 mm, un pequeño ángulo ancho, a los pies, grandes pies, de Lam. La distorsión agrandaba el zapato y en el otro extremo de la diagonal, la cabeza de Lam. La entrevista fue breve y fluida, sin grabadora.

Corrí para el periódico, redacté y la foto de Korda estuvo enseguida.  Entregué mi material.

Al día siguiente el corazón me dio un vuelco cuando miré el periódico. Entrevista y foto se habían publicado, el texto íntegro, en la primera página de Granma.

Fue mi debut, por la puerta grande, en el periodismo cubano. Tenía 21 años de edad.


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