El estadio Latinoamericano todavía es para mí, a cada rato, el estadio del Cerro. No puedo evitar llamarlo por su viejo nombre, y es explicable: en los borrosos recuerdos que todos tenemos de algún episodio de la primera infancia, aparece aquel recinto enorme y oscuro, conmigo sentado en una silla de “preferencia”, junto a mi padre y a mi madre. Era parte del ritual. Era una de las grandes opciones de entretenimiento de la época. Al frente, el terreno y el juego, con una iluminación deslumbrante, que lo hacía parecer irreal.
Debe haber sido en 1948, a solo unos pocos años de haber sido inaugurado el estadio. También de esa época es otro recuerdo, más completo y complejo y, con el tiempo, imborrable.
