Era el 5 de mayo
de 1961. Las clases se habían terminado,
más o menos abruptamente, a fines de abril.
Habían sido inestables por muchas razones. Girón, bandidos en el
Escambray, bombas en una escuela. No
había clases y, como era de esperarse, me fui de La Habana para la casa de mi
abuela en Pinar del Río. Ese día hacía
una de las cosas que más me gustaba, que era trabajar en el garaje de mi tío
Pancho. Pero ese es otro cuento.
En eso estaba cuando por la radio escuché la convocatoria para quienes se habían inscrito como alfabetizadores de la Conrado Benítez en una fecha reciente. Que se debían presentar en la Terminal de Ferrocarriles de La Habana ese día por la tarde. Y yo, que era uno de ellos, estaba en Pinar del Río, a 176 kilómetros de distancia.
Solté todo lo que
tenía en la mano y corrí a la casa de mi abuela. Recogí mi poca ropa y, no sé si gracias a un
botero o en la ruta 35, a las tres horas entré como un bólido en mi casa. Y con
el llanto de mi madre y sus improperios como fondo, y acompañado de mi padre,
mucho más comprensivo, fui a la cercana Terminal. Lo recuerdo despidiéndome,
compungido, en el andén. En definitiva, solo tenía 15 años. En la noche ya
estaba en Varadero.
Formaba parte del
segundo contingente de la brigada de alfabetización Conrado Benítez, que
llegaría a tener cien mil integrantes.
Mis recuerdos de
Varadero son fragmentarios. Incluyen la antigua casa del director de Bohemia,
Miguel Ángel Quevedo, que había abandonado el país. La casa, de madera, estaba
llena de literas y de jóvenes brigadistas que se probaban sus uniformes recién
adquiridos. A mí, por supuesto, todo me iba bien, menos la boina. No había
número para mi cabeza. Tampoco la extrañé mucho porque no era una de las
aguerridas boinas verdes de los instructores de milicias, sino una de simple tela verde, que no tenía mucho
aliento épico.
Recuerdo también las
marchas en filas bien ordenadas a la antigua mansión de Joaquín de Azqueta,
donde desayunábamos y comíamos. A Viruta, un gamberro que dormía en la más alta
de las literas y clavaba su cuchillo de monte en el falso techo de la casa, a
pocos centímetros de su nariz. A los círculos de estudio dirigidos por el
maestro Artiles, que era familia de otro maestro de idéntico apellido de las
Escuelas Pías, mi escuela hasta entonces.
Y en los que hube de hacer gala de mis primeros conocimientos de
geopolítica explicando que Formosa se mantenía frente a la China comunista solo
gracias a la gran flota americana que la defendía.
Alarde que me valió
para que los maestros me propusieran quedarme en Varadero como “boina roja”,
una suerte de policía militar para cazar brigadistas escapados de sus
residencias. Ni la mejor calidad de las boinas me convenció. De eso nada, les
dije. Pues mi grupo todavía tuvo la posibilidad
de pedir el lugar de ubicación definitivo. Y yo, por supuesto, pedí Pinar del
Río.
No puedo
emprender un largo relato de lo que fueron los siguientes 8 meses. Sería además demasiado extenso para un blog.
Pero los primeros
días sí valen la pena. Fueron la
introducción a una experiencia que me ha acompañado toda la vida.
Pues nos fuimos
en ómnibus de Varadero a La Habana y aquí seguimos viaje a bordo de un tren
cañero. Los trenes cañeros tenían o
tienen la peculiaridad de que los vagones son como unas jaulas, una suerte de
calabozos rodantes, sin techo. Las
paredes no son tales, sino enrejados de vigas metálicas verticales oxidadas. Nos dominaba el cansancio. Unos pusieron
hamacas de un lado al otro del vagón y los más conservadores, que temíamos
salir despedidos por entre los barrotes, nos acostamos en el piso. Todos, más o
menos, dormimos.
Hasta que, a la
altura de San Cristóbal o Santa Cruz, es decir, a medio camino – medio camino
entre La Habana y Pinar de Río, que en tren no es poca cosa- un rafagazo y
otros tiros siguientes nos sacaron de la modorra. El tren se detuvo chirriando
y nos fuimos veloces al yerbazal, sin saber lo que sucedía. Así conocimos que iban milicianos cuidándonos
(no sé cuántos de los tiros se debían a su autoría) y que se desplegaron con
más alarde que eficacia. Pero lo que sí pareció seguro fue que el primer
metrallazo había sido obra nada menos que de Cara Linda, un joven y mítico
bandido que operaba por la zona (sobre cómo Cara Linda aparece tres veces en mi
biografía les hablaré en otro momento).
No pasó nada
más. Pero fue suficiente para que se
recogieran las hamacas y para que el silencio de la campiña fuera rasgado solo
por los hierros del ferrocarril y nunca más por los jolgorios de los
brigadistas.
Así llegamos en
algún momento a Pinar, tarde en la tarde. Nos asignaron a nuestros destinos. Y
me vi camino a la carretera de Luis Lazo. Era una carretera muy antigua, que
había sido años atrás la vía de comunicación entre la capital de la provincia y
el extremo occidental, fueran las ciudades de Guane o de Mantua.
Era una carretera serpenteante entre montañas, hecha a pico y pala, con
abismos a derecha e izquierda.
Yo conocía solo
los primeros kilómetros, todavía alturas menores, matorrales silvestres a donde
mi tío Pancho nos llevaba, a mí y a mis primas, a explorar aquellos parajes que
recorríamos sin despejar ningún misterio y donde solo aparecían matas de
guayaba casi nunca en su mejor momento. Recuerdo vívidamente a las mujeres de
la zona pelando guayabas que luego metían en cajas de madera para enviarlas a
La Conchita, la fábrica por defecto del dulce de guayaba cubano. Les pagaban una miseria.
Pero pronto vi
superados aquellos paisajes iniciales que conocía. Seguimos hacia donde había ido
solamente una o dos veces en mi vida, adentro de la Cordillera de los
Órganos. Los barrancos eran, para mi
pobre cultura orográfica, enormes y tenebrosos, y me parecía un milagro que no
nos despeñáramos ahora que la noche se cerraba ya sobre nosotros.
El viaje no
parecía terminar nunca cuando llegamos a un pequeño pueblo al pie de un
espectacular farallón. Era el pueblo de Sumidero, y nunca averigüé qué era lo
que se sumía allí. Me dije: bueno, al
menos estamos sobre la carretera.
Error. Allí solo
derivamos hacia otra carretera menor, que se introducía lateralmente en la
cordillera. Y a los trece kilómetros, no había más carretera. Habíamos llegado al pueblo, más pequeño
todavía, de Gramales. Montañas oscuras, grandes montañas, a derecha e
izquierda.
Bueno, pues aquí
se puede estar, dije.
Nuevo error. Porque
entonces comenzó el tramo final del recorrido: a pie por las montañas.
Y es el punto
donde me sonrío cada vez que confronto la simbología que se ha atribuido al farol
chino, el que nos dieron para iluminar nuestras clases nocturnas y, desplegando
la metáfora, llevar la luz de la verdad cultural y revolucionaria a las masas
campesinas, oprimidas y analfabetas y… bueno, por ese camino hasta el extremo
más sublime.
Y me sonrío porque
el dichoso farol fue una desgracia puñetera desde esa misma noche hasta su sustitución
por la criolla y sencilla chismosa. No daba dos pasos sin que el farol se me
clavara en la rodilla. No sabía si
dejarlo, loma arriba y loma abajo, y quedarme solo con mi mochila, o tirarlo
por una faralla hacia abajo, o regalarlo al primer guajiro a oscuras. Si en
aquel momento y en los días siguientes me llegan a decir que iba a ser el
símbolo luminoso de la épica cultural inicial de la revolución cubana, me
hubiera muerto a carcajadas.
Porque el farol
alumbraba mucho, es verdad. Pero
solamente en el rato en que lo lográbamos encender. Con un émbolo se le daba presión para
impulsar la luz brillante (keroseno) convertida en un polvillo casi gaseoso
sobre la llamada camiseta, que no era sino una suerte de dedo de malla fina
que, además, había que quemarla previamente.
Y el émbolo se trababa y la zapatilla se desbarataba y la camiseta de
tan quemada se hacía polvo, y de nuevo a sustituir la zapatilla con el cuero de
un zapato viejo y la camiseta que no tenía sustitución. Y sí, se encendía en el momento en que usted
estaba al borde de la derrota intentando que su alumno combinara el sonido
fffff con la vocal a. Y el farol se apagaba y usted se rendía y apelaba al
método prohibido: la f con la a, fa.
Y la camiseta se
desmadejaba, se hacía cenizas, otra vez, y solo servía para que los guajiros recordaran
las excelencias de los faroles Coleman. No me gustaba la comparación. Eran
faroles americanos. Y los chinos, pues eran nuestros chinos. Aunque no
funcionaran. Finalmente, se impuso el regreso a las chismosas, pequeñas y
asfixiantes por el humo prieto que desprendían, pero que iluminaban sin mucho
esfuerzo.
Dejo mi crítica al
farol, porque sé que no muchos no me acompañarán en mi duro enjuiciamiento de
aquel que luego sería un emblemático artilugio.
Pero regreso al
principio. Al fin aquella caminata se acabó. Algún día debía acabar. Con dolor
en las piernas nos separamos los tres brigadistas que buscábamos nuestro
destino final, y llegué a la casa de Manuela.
Manuela, una
mujer de unos 50 años, era el centro de una familia copiosa, llena de hijos y
nietos, que de un modo u otro vivían en o cerca de su casa. Es decir, de un
bohío bastante amplio para los que conocí después. Muy concurrido esa noche,
porque desde lejos había ido gente a recibirnos. A ver cómo éramos y a qué nos
parecíamos.
Tendrá hambre, me
dijo Manuela. Claro, le contesté. Y me senté solo, en un comedor espacioso, con
un amplio y rustico ventanal al lado, de frente a una larga mesa rústica de
madera. Al poco rato llegó una gran
fuente de malanga. Y un vaso de agua a temperatura ambiente. Al tiempo, como
decimos los cubanos.
Esperé lo
demás. El plato fuerte. Seguramente
pollo. Y ensalada. Sonreía a diestra y
siniestra. Toda la pequeña multitud callaba, me miraban y sonreían también. Y
lo demás no llegaba.
¿No tiene
hambre?, me preguntó Manuela. Y entonces
aterricé. Recordé la frase popular: nos
tienen comiendo malanga. Era la última expresión de la miseria alimenticia. Con
ella se quería decir que se estaba pasando un hambre colosal.
Suspendí entonces
mi sonrisa idiota y me metí un trozo tras otro de malanga en la boca, sin
poderla deglutir, ni siquiera con un buche de aquella agua tibia.
¿Ya terminó? ¡Qué
poco come usted! Y ya no recuerdo nada más de aquella noche.
Al amanecer nos
congregamos los tres: el que les habla, más Elías Reina Pruna y Arlé Díaz
Fonte, mis dos compañeros de la campaña, para pasar balance. Decepcionante
balance. En aquella zona todo el mundo sabía leer y escribir. No teníamos
trabajo.
La alternativa de
buscar solución entre los dirigentes de la campaña de alfabetización quedó
desechada rápidamente: todavía quedaban parajes más ignotos montaña adentro a
donde un dirigente entusiasta nos podía asignar.
Mucho más cuando
a nuestros pies, es decir, al pie de aquellas elevaciones donde estábamos, se
extendía un hermoso valle, verde y rojo por el color de su tierra. Sembrado, en
graciosos cuadrados de tonos diferentes. Y que además de sus bellezas naturales,
estaba adornado por una preciosa cinta gris que lo atravesaba: la carretera
entre Gramales y Sumidero.
Ni pensarlo. Mochila
y farol en ristre, y luego de despedirnos de Manuela, su copiosa familia, y con
un buen plato de malanga en el estómago, nos encaminamos hacia el valle
conocido como Hoyo Colorado. Allí pasaría los siguientes ocho meses. No vería
nunca más una malanga. Sería sustituida, sin otra compañía, por el boniato
primero, y por la harina de maíz después.
Pero ya ese es
otro cuento.
(Nada de lo
narrado obsta para que la metáfora sea una muy buena metáfora ni para que recuerde
la Campaña como la gran hazaña cultural que fue, necesaria para lo que vino después.
Del mismo modo que pienso que no siempre se le ha dado, en los numerosos
recuentos biográficos que he debido presentar, el valor que tiene aquella
experiencia de cien mil niños en zonas apartadas, lejos de su familia, en plena
pubertad, movilizados solo para que los casi un millón de analfabetos cubanos
no lo fueran más. Para que pudieran acceder, realmente, a la luz de la verdad).



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