martes, 30 de marzo de 2021

La luz de la verdad

 

Era el 5 de mayo de 1961.  Las clases se habían terminado, más o menos abruptamente, a fines de abril.  Habían sido inestables por muchas razones. Girón, bandidos en el Escambray, bombas en una escuela.  No había clases y, como era de esperarse, me fui de La Habana para la casa de mi abuela en Pinar del Río.  Ese día hacía una de las cosas que más me gustaba, que era trabajar en el garaje de mi tío Pancho. Pero ese es otro cuento.

En eso estaba cuando por la radio escuché la convocatoria para quienes se habían inscrito como alfabetizadores de la Conrado Benítez en una fecha reciente.  Que se debían presentar en la Terminal de Ferrocarriles de La Habana ese día por la tarde. Y yo, que era uno de ellos, estaba en Pinar del Río, a 176 kilómetros de distancia.